Son rarísimos los patrones que se dan cuenta de que el rendimiento del trabajo es directamente proporcional a la inteligencia, al bienestar y a la alegría, sobre todo del obrero que lo ejecuta y no al tiempo que dura la jornada, cuando esta pasa de su límite racional; y mucho menos los que alcanzan a comprender que manteniendo a sus obreros en la miseria , lo mantienen en la tendencia al vicio y al delito, que ellos pagan en último término.
Juan Bialet Massé
La sociedad contra el Estado
El capitalista extranjero no ha mirado al país sino como campo de explotación pasajera y usuraria; ha entregado las gestiones a personas que no miran sino el alto dividendo.
Juan Bialet Massé
Durante la década de los noventa en Argentina, el Estado y la sociedad cambiaron sustancialmente. El menemismo llevó adelante un programa político que destruyó certezas tradicionales respecto de qué era lo político y de cómo se lo construía. Pero la tarea no se limitó a una pura negación del modelo anterior sino que también se erigió una nueva forma de efectivizar las mediaciones entre la sociedad y el Estado, cambiando ellos también como resultado de lo operado[1]. Poco a poco se fue edificando una certeza política: el Estado tiene poco para ofrecer. Se lo convirtió en el centro de las críticas, nada de lo que se hiciera a través de él estaba bien, era, en sí y para sí, ineficiente. Todo lo que provenía de la sociedad civil (incluimos aquí también al mercado) era bueno y promocionable, todo lo que encaraba el Estado era defectuoso y entonces, criticable.
Sin embargo la certeza de que el Estado era ineficiente y por tanto, inútil, tuvo distintas repercusiones sociales. Esta convicción fue mucho menos potente en los sectores populares, tradicionales beneficiarios de la acción estatal, que para el sector empresarial y la clase media, ideológicamente convencidos de las bondades de la llamada “convertibilidad”. De lo anterior podemos deducir un punto central para el desarrollo de nuestro trabajo, el Menemismo no fue solamente negocios y/o corrupción, se trató de un proyecto político que llegó a alcanzar una victoria ideológica completa [2]. Su éxito discursivo central estribó en convencer a buena parte de la sociedad Argentina de uno de los dogmas primordiales del liberalismo teórico: lo social sólo precisa marginalmente de lo político. En términos dogmáticos, y por lo tanto de fácil comprensión para el ciudadano, se derivó una sentencia como la siguiente, “el Estado debe acompañar lo que el mercado decide”, nunca contradecirlo, mucho menos intentar controlarlo o introducir en él acciones tendientes a la justicia redistributiva.
No solamente la legitimidad general obtenida por la convertibilidad indica la victoria ideológica del menemismo: la favorable recepción de la población a la privatización de las empresas públicas, la aceptación gustosa y acrítica de libre disponibilidad de bienes internacionales, el beneplácito de la clase media por la facilidad para realizar viajes al exterior, conformaron, junto con otros elementos, un fenómeno llamado pomposamente por el menemismo “reinserción de Argentina en el mundo” que cosechó no pocos adeptos y que fue uno de los pilares de este movimiento político. Oponerse a esa forma de ingresar en la globalización parecía una actitud medieval, la Argentina festejaba ostentosamente su “reingreso” al mundo y el precio que pagaba era el desmantelamiento del Estado y “un poco” de desocupación.
Las nuevas certezas contaron con un enorme apoyo en los medios de comunicación que se alinearon incondicionalmente con las propuestas privatizadoras e internacionalistas.
El país creyó en el programa neoliberal, en la “magia” del libre mercado, los llamados “gurúes” económicos eran mucho más escuchados que los políticos, los sindicalistas o los sacerdotes. Si bien Menem era un tanto bizarro y existían sospechas de corrupción sobre él, la figura de su socio principal, Cavallo, tomó para muchos economistas neoliberales ribetes épicos: supuestamente honesto, eficiente y valiente, algo así como un héroe que venía a emprenderla contra la “vieja Argentina del fracaso”.
Se formó un gran consenso alrededor de las ideas neoliberales, había una lista de verdades autoevidentes, la única discusión era, ajuste con corrupción (el menemismo) o ajuste sin corrupción (los opositores). El país quería hacer buenos negocios, tener mejores servicios y Menem lo hacía posible. Desde los centros de producción ideológica se pedía cada vez menos Estado, que nada entorpeciera las libres iniciativas de los particulares, nadie quería ser subsumido por una estatalidad considerada caduca. El consenso se hizo más profundo y, en los años de éxito, no es exagerado sostener que el acuerdo viró hacia la idea de Estado ultra-mínimo .
La oposición antimodelo era casi inexistente, por lo menos electoralmente, ya que ¿quién se podría oponer al ingreso de Argentina al “primer mundo”?. La izquierda clásica tuvo que replegarse, factores como la caída del Muro de Berlín y el “éxito” de las ideas neoliberales hicieron sumamente difícil la recepción de las ideas socialistas en la población, socialismo era estatismo, y como señalamos ya nadie quería Estado. No es de extrañar que en este contexto la oposición clásica y los moderados de izquierda hicieran campaña a partir de la idea de corrupción del gobierno pero declarando solemnemente que respetarían la convertibilidad, el modelo.
En los últimos años de Menem apareció, poco a poco, una nueva oposición encarnada en los llamados “piqueteros”[3]. El modelo tenía perdedores y muchas ciudades del interior del país habían sido notablemente afectadas en la medida en que las empresas del Estado que allí se afincaban, ahora privatizadas, habían despedido gran cantidad de personal o directamente cerrado la planta.
En la izquierda tradicional se produjeron movimientos internos críticos de las prácticas tradicionales. El resultado parcial fue un aumento de la fragmentación producto de la desconfianza de la militancia a todo tipo de centralismo autoritario y de una crítica persistente al accionar político tradicional, direccionado más hacia la captación de militantes que hacia el trabajo social. Si para la izquierda clásica la consigna era, simplificando, “cuanto peor, mejor”, ahora había toda una generación dispuesta y convencida a realizar una práctica que diez años antes hubiera sido definida como puramente asistencialista.
Aparecieron también novedosas experiencias participativas, más cercanas a lo cultural-social y a la ayuda comunitaria que a la concepción de la vanguardia revolucionaria. Los unía una concepción anclada en el territorialismo –mi barrio es el mundo- y en la unidad de las experiencias de ayuda social –unidad de los que “hacen”- , estas proclamas distanciaban aún más a estos grupos solidarios de las prácticas políticas clásicas. Los conceptos claves comunes a esta multiplicidad de agrupaciones son autonomía y horizontalidad, en su práctica diaria promueven y defienden una independencia amplia de todo centro de poder, mucho más del Estado, hablamos en profundidad de la nueva política en general en el capítulo 7.
El cambio político operado por todas estas nuevas agrupaciones se reflejó básicamente en una reagrupación de lo social. Las tradicionales organizaciones obreras como los sindicatos nada tenían que hacer allí, pues ¿Cómo habría de insertarse un desocupado en un sindicato? La desocupación estructural promovida desde el poder político, lo repetimos -no fue una consecuencia no deseada del modelo sino que fue fomentada por las políticas públicas- creó una nueva clase social sumergida y por lo tanto una nueva marginalidad. Nos debería impresionar profundamente saber que existen hoy hijos de “chicos de la calle” que, condenados estructuralmente, repiten la historia desafortunada de sus padres.
El liberalismo imperante políticamente en los 90 en el mundo y en nuestro país cambió la sociedad en un sentido absolutamente negativo ya que profundizó las diferencias sociales hasta el punto de destruir la mejor obra del primer peronismo: una sociedad solidaria en donde no existía explotación y el acceso a la educación, la salud y el trabajo era una realidad para todos los argentinos.
Política y sociedad: una relación de mutua conformación
Cuando utilizamos el término “sociedad” parece que estuviéramos hablando de un hecho acabado y fijo, estático, nos referimos a ella a partir de una idea de continuidad, casi como si fuera un objeto material. Sin embargo todos sabemos que se trata en verdad de una realidad en permanente cambio, de una relación constante de construcción y reconstrucción en donde distintos actores sociales toman posiciones y realizan acciones en atención a las conductas de otros actores sociales. Lo político constituye lo social pero también la sociedad modifica lo político; es a partir de estas mutuas influencias que la dirigencia política tiene una doble responsabilidad en tanto receptora de las aspiraciones sociales pero también con la irrenunciable tarea de orientar conductas grupales. Ni el dirigismo absoluto ni el ejercicio del gobierno mediante encuestas son la forma en que la política se reconciliará con la gente. Sospechamos que la promoción del ejercicio del gobierno mediante encuestas revela una apenas disimulada desconfianza crítica sobre el lugar que debe ocupar la política. “Hay que hacer lo que quiere la gente” parecen decirnos estos nuevos “societalistas”, olvidan a sabiendas que de esa manera la política se torna impotente, reproducir legislativamente el pensamiento imperante es además de sumamente conservador, peligroso porque, sobran los ejemplos, la mayoría a veces se equivoca.
Estado y sociedad deben estar dinámicamente en mutua conformación, la imposición de uno de ellos por sobre el otro no puede tener más que consecuencias ruinosas. Sin embargo en la teoría liberal el rol del Estado se reduce a un mero ratificador de lo que ocurre en el mercado. Lo privado es, de suyo, superior a lo estatal. El liberalismo presupone una contradicción de intereses entre la sociedad y el Estado
Pretendemos poner los elementos de la polémica en su justo punto. Durante los años del menemismo se transformó en un procedimiento habitual algo que podríamos llamar “el consenso permanente sobre la necesidad de ajuste”. Efectivamente ante cada nueva reforma laboral, que supuestamente iba a redundar en una mayor contratación de trabajadores eliminando los costos innecesarios, las asociaciones empresarias festejaban el realismo del gobierno, su impenetrabilidad al “populismo”, que, sostenían, era el causante de la decadencia argentina. Ya debatiremos el contenido de este término, populismo, porque nos parece importante defender una gestión estatal enfocada clara y unívocamente en la mejora en la calidad de vida de los sectores populares. Si esto último es populismo, entonces, somos populistas.
Desde los sectores empresariales se alentaba al tandem Menem-Cavallo porque “valientemente” desoía a los afectados por las reformas estructurales y mostraba su inagotable voluntad de cambio privatizando y destruyendo derechos laborales. Cada respuesta autoritaria de Menem era festejada por los mercados y las acciones bursátiles subían en forma notable, sólo para ilustrar recordemos dos: “ramal que para, ramal que cierra” y “me pueden hacer una, dos, mil marchas que yo voy a hacer lo que quiero”. Este vulgar autoritarismo era exaltadamente aprobado por los poderosos. Pero, y esto es lo interesante, la conformidad con esta forma de concebir lo político no hubiera llegado a ser una legitimidad de ejercicio sin la conformidad de los sectores medios y bajos.
Debemos decirlo, no sólo los poderosos aprobaban los ajustes, se llegó a un consenso general sobre la necesidad del achicamiento del Estado y sobre lo apropiado que era destruir derechos laborales existentes para mejorar las posibilidades de contratación. Creemos que la camarilla gobernante llegó a conseguir una importante legitimidad a partir de que la clase media adhirió a su discurso, en esto reside la victoria ideológica del menemismo. Se conformó una nueva hegemonía que logró la adscripción de sectores sociales medios y bajos a postulados teóricos que favorecían únicamente a los sectores poderosos de la sociedad.
Paradójicamente los sectores populares aparecieron apoyando políticas “no populares” (o como señalábamos más atrás, “no populistas”, esto se transformó en verdad de sentido común en los 90). Como si imagináramos una situación hipotética pero posible, en donde un trabajador despedido de la vieja ENTEL al recibir el telegrama, hubiera pensado: “la verdad es que está bien, yo no era un trabajador productivo y, seguramente en el mercado, encontraré un trabajo mejor”, creemos que algo de esto pudo haber pasado.
¿Qué es el “populismo”?
Ya hemos hablado bastante del liberalismo, es tiempo que dejemos a unos de los liberales argentinos de mayor prestigio teórico, Alberto Benegas Lynch (h.), que nos ilustre sobre sus ideas: “No es una exageración decir que solamente un irresponsable puede ser “demócrata”[4] si acepta aquella concepción desviada de la democracia, rechazando cualquier intento de hacer respetar los principios democráticos. Tampoco es una exageración afirmar que Occidente no tiene salvación si persistimos en avalar un sistema que consiste en alentar una carrera desenfrenada para ver quién promete más desatinos para así ganar una elección”[5]. Este artículo de 1976 nos sirve para pensar críticamente junto al liberalismo y poner en claro que es el tan mentado “populismo”.
Parece claro que Benegas Lynch “sabe” de democracia. Tanto de la verdadera democracia como de la versión desviada, la que no debe ser. En sus términos parece muy peligrosa esta falsa democracia que “promete desatinos” porque puede echar a perder a occidente. ¿Por qué es “desviada”? Porque se ocupa de ganar votos prometiendo “desatinos”; podemos suponer que aspiraciones humanas legítimas, como la justicia social o el bien común, se encuentran entre los supuestos desatinos[6]. Tratemos de olvidar por un momento estas consideraciones antidemocráticas -porque queda claro que los liberales son democráticos sólo si se lleva adelante un programa liberal-, lo que explicaría la recurrente relación en Latinoamérica entre autoritarismo y liberalismo. Dejemos esto de lado, lo importante es que queda planteado por Benegas Lynch el punto central de oposición, evidente, entre el liberalismo como teoría de organización de lo social y los gobiernos surgidos mediante el voto popular.
El Estado, a partir de la instauración del voto universal, vive del consenso. Es una maquinaria cuyo combustible son los votos, ¿cómo lograr una legitimidad amplia, si los sectores más numerosos de la población permanecen ajenos al acceso a bienes? Como hemos visto en Venegas Lynch el liberalismo teórico plantea la existencia de una contradicción apenas evitable, sólo si están los liberales en el gobierno, entre política y economía. La política de los otros partidos estaría siempre dispuesta, según esta visión, a tomar recursos genuinos del mercado para redistribuirlos políticamente; a esta reasignación la teoría liberal le llama “populismo”.
El credo liberal afirma que se les cobra injustos impuestos a los que, buscando el lucro personal, por ejemplo instalando una fábrica, logran virtudes públicas, crean puestos de trabajo. Si el Estado “esquilma” mediante impuestos a estos involuntarios benefactores sociales, desalienta la inversión, los puestos de trabajo no se crean y la sociedad empobrece. Si en cambio el Estado deja que las ganancias de los particulares aumenten libremente otros individuos o corporaciones siguen el ejemplo e instalarán más empresas que a su vez significan muchos más puestos de trabajo y aumento de la riqueza disponible. Este breve relato es lo que los liberales llaman el “círculo virtuoso”.
El papel del Estado es simplemente negativo, consiste en no hacer o, lo que es lo mismo, en dejar hacer. Vicios privados transformados en virtudes públicas. Se omite olímpicamente el papel del Estado en este relato, desde la seguridad, la infraestructura, o la energía necesaria para la producción, todo ello queda de lado en la versión liberal, ni hablar de los derechos de los trabajadores.
No deben caber dudas respecto a que el liberalismo percibe al Estado como un costo insoportable, tanto es así que en nuestro país la clase dirigente de fínales del siglo XIX prefería pedir empréstitos a pagar impuestos por los gastos de funcionamiento de “su” Estado. La versión liberal de la historia de los últimos dos siglos confirma que para ellos la actividad política, desde la mitad del siglo XIX en adelante, empezó a “afectar” el libre juego de la oferta y la demanda, interviniendo cada vez más en el mercado. De allí en adelante, liberales y no liberales podemos coincidir en este punto, comenzó una tensión constante entre Estado y mercado, que aun está lejos de resolverse.
La tensión existe y es cuestión de absoluto presente, se da cuenta de ella desde diferentes cosmovisiones: desde los sectores liberales se rechaza cualquier tipo de intervención en el mercado. Desde los no liberales para reafirmar que sin la acción del Estado los niveles de vida de las clases desfavorecidas seguirían siendo paupérrimos.
Es que como decíamos a partir del nacimiento de las ideologías populares la contradicción entre el discurso liberal o neoliberal y la acción del Estado, preocupado en el bienestar general, ha sido evidente. El liberalismo niega que exista algo llamado bienestar general, sólo reconoce intereses particulares. La igualdad es una preocupación menor para los liberales, sólo la libertad es lo que cuenta. En la universalidad de la ley encuentra la doctrina liberal a la igualdad, recordemos aquella ironía que señala “la ley prohíbe por igual a ricos y pobres dormir debajo de los puentes”.
Pensadores clásicos del liberalismo, como Hayek o Milton Friedman, pretenden una distinción taxativa y evidente entre beneficencia (particular, privada) que es legítima y justicia social (estatal, establecida legislativamente) que es vista como un acto confiscatorio y brutal del Estado. Sostienen que el Estado no debería apropiarse, en ningún caso, de recursos de los particulares. A cualquier legislación protectiva del desfavorecido por el sistema se la ha calificado, cuando no, de “populismo” y de un atropello a la “libertad” de contratación.
Cuando los gobiernos surgidos del voto popular intentaron satisfacer las necesidades básicas de los ciudadanos introduciendo o modificando las leyes de contratación para establecer, por dar sólo un ejemplo, el salario mínimo, vital y móvil, la reacción liberal fue de absoluto rechazo. Para ellos el mercado es el que dispone “eficientemente” del precio del salario, cualquier intervención en este “orden espontáneo” es también “populismo”.
Como ya lo hemos señalado es necesario que nos detengamos en este último término que actúa en el imaginario liberal como argumento para toda ocasión. En la década del 90 en argentina desde los sectores de poder se estableció como la contradicción principal “ajuste versus populismo”. El ajuste era perpetuo e inevitable, eso era realismo económico, cuando las propias condiciones de mercado lo permitieran los salarios y las condiciones de vida de los sectores pobres mejorarían, mientras tanto había que despedir gente de las empresas del Estado, vender activos y cumplir a rajatabla las órdenes de los organismos internacionales de crédito. La receta dogmática se siguió hasta las últimas consecuencias, no está de más decir que el mercado jamás pudo mejorar las condiciones de vida de los trabajadores sino que en realidad los convirtió en desocupados.
Es que debemos tomar los términos de la contradicción y pronunciarnos en este debate decididamente a favor del populismo, en boca de un liberal populismo significa gobernar favoreciendo a la mayoría, y de eso es de lo que se trata para nosotros la política. En nuestra concepción un gobierno electo por el pueblo no sólo puede sino que debe realizar su plan de acción en atención a las aspiraciones de los desfavorecidos. Acude en nuestra ayuda el gran politólogo y filósofo argentino Ernesto Laclau, cuando sostiene que toda política es, en realidad, populismo[7]. Hace así referencia a la solidaridad social que debe implantar un gobierno mediante caminos necesariamente redistributivos.
En nuestro país luego de una década de predominio ideológico liberal parece claro que los sectores más favorecidos tienen una escasa predisposición a pagar impuestos para fines sociales, la única función del Estado que están dispuestos a solventar, vía impuestos o privadamente, es la represiva.
Estado y mercado han estado históricamente en tensión, sin embargo, por citar un ejemplo, en los países escandinavos la disputa se ha resuelto decididamente en favor de la estatalidad. La política produce, en determinadas ocasiones, una decisión opuesta a la “acción espontánea” de los hombres en el mercado. El liberalismo reivindica, dogmáticamente, la “acción espontánea” de los individuos en el mercado. Llegamos al fondo de nuestro planteo, la única política que los liberales están dispuestos a tolerar es, precisamente, la liberal, que jamás tiene en cuenta las necesidades de los desfavorecidos por el sistema.
Sin embargo las ideas liberales, por mucho tiempo antipopulares tuvieron en Menem un difusor carismático que convenció a un número importantísimo de gente.
La revisión que hemos hechos en este capítulo de los postulados centrales del liberalismo tiene el sentido de rescatar el rol del Estado en cuanto único propiciador posible de la justicia social y de niveles de vida aceptables para los desfavorecidos del sistema. Como lo hemos señalado el pensamiento liberal sigue teniendo una presencia fuerte en la opinión pública argentina, algunas de sus máximas figuras no se hacen cargo del menemismo y sostienen que una profundización de las “verdaderas” ideas liberales nos llevará hacia un país mejor. Creemos que el liberalismo llega siempre adonde su ideología se lo permite: si es oposición, a plantear muchas de las críticas aquí expuestas al Estado y a la política, si es gobierno, a una polarización social tremenda que margina a la mayoría y sume a los desfavorecidos del sistema en la más absoluta desesperación.
[1] El Estado se desprendió de gran cantidad de empresas perdiendo de esta manera posibilidades ciertas de intervención, ya no pudo fijar tarifas públicas y mucho menos, como en otras épocas, aumentos generales de salarios. Si a esto agregamos que con la ley de convertibilidad el estado perdió la posibilidad de fijar una política monetaria, vemos como se va conformando un panorama en donde el estado es cada vez menos poderoso y se avizora como menos necesario.
[2] Hoy surgen innecesarias discusiones sobre si alguna vez un peso fue un dólar, si la gente lo creyó o no, y si realmente era en verdad así. Los reclamos de los ahorristas nos eximen de mayores comentarios: para millones de ahorristas, un peso era un dólar, y pretender que no era así es simplemente un acto de soberbia intelectual en donde un supuesto esclarecido se burla de millones de ingenuos.
[3] Hacemos referencia al movimiento piquetero concebido como instancia de nucleamiento de la oposición política. Las resistencias locales al programa político del menemismo habían comenzado mucho antes. En 1991, por ejemplo, fue notable la movilización y la resistencia contra el cierre Hyspasam en la provincia de Santa Cruz.
[4] Entre comillas en el original.
[5] Extraído de “Ideas sobre la libertad” revista. Número 36 de septiembre de 1976. Artículo “Apuntes sobre el poder legislativo” por Alberto Benegas Lynch (h.) Pág.13
[6] Tiene un tinte dramático que el articulista adhiera fervorosamente a la separación oriente-occidente en 1976, tal visión del conflicto fue la que justificó el asesinato de miles de argentinos por considerarlos representantes de “oriente”. Los militares genocidas se sentían avalados teóricamente por pensamientos como los de Benegas, y parece obvio que aquellos “irresponsables” que “no entienden” lo que es, verdaderamente, la democracia, deben ser puestos fuera de circulación.
[7] Nota publicada en el diario Clarín 11/2/02.


2 comentarios:
estos días, a la luz de los recuerdos sobre los 90, pensé algo parecido en relación al gobierno de Menem. El problema de ese gobierno no era la corrupción, era el "modelo". La corrupción fue la punta que encontró el progresismo para herirlo de algún modo pero había comprado la convertibilidad. MUY BUENO PILCO. Claro como siempre. EMILIANO
Gracia Emilio ¡¡
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