Creer para ver
Los hombres de más talento son aquellos que conocen el espíritu del pueblo y saben dirigirse a él.
G.W. F. Hegel[1]
Filosofía política, los macroconceptos de organización
(Los conflictos sociales siempre se “inventan”)
Si Ricardo Caballero aseveró que la revolución de 1890 la hicieron los vencidos de Caseros, la de Perón la hicieron los sobrevivientes de esa batalla no dirimida con los “sumergidos” , o sea, los vencidos de todos los días.
Ezequiel Martínez Estrada
La política forma parte del mundo de las ideas no es simplemente un conocimiento técnico. El primer impulso siempre es ideal. Desde la visión acotada del técnico los problemas son básicamente susceptibles de resolver a partir de la aplicación de lo conocido, de lo que ya ha brindado resultados exitosos. Desde el punto de vista del político los problemas no sólo tratan sobre lo inmediatamente existente sino que requieren de nuevas soluciones imaginativas o, si fuera el caso, de plantear nuevos problemas, de formular instancias novedosas de interpretación que resignifiquen la realidad.
Para la clase dirigente de los 40 en nuestro país no existía “el problema obrero”, simplemente no lo tenían en cuenta. El 17 de octubre de 1945 los tomó de sorpresa, de allí que los más lúcidos de ellos acusaron a Perón de haber “inventado” los conflictos sociales. Como lo decíamos en el capítulo 2 Perón con su discurso constituyó a la clase obrera. Da buena cuenta de ello la siguiente afirmación de Ezequiel Martínez Estrada “Nadie que no sea un fanático o un impío puede culpar a un pueblo que después de siglos de vivir como paria en tierra extranjera, halló al Mesías que le ofreció más que dinero y poder, amor, solidaridad, compañerismo que es lo que nunca se le había ofrecido.”[2]
La aparición del peronismo se hizo incomprensible para la clase dirigente de los 40. Decía sobre el 17 de octubre el semanario socialista La Vanguardia, en una párrafo ya clásico como ejemplo de la incomprensión: “En los bajos y entresijos de la sociedad hay acumulados miseria, dolor, ignorancia, indigencia más mental que física, infelicidad y sufrimiento. Cuando un cataclismo social o un estímulo de la policía moviliza las fuerzas latentes del resentimiento, cortan todas las contenciones morales, dan libertad a las potencias incontroladas, la parte del pueblo que vive ese resentimiento y acaso para su resentimiento, se desborda en las calles, amenaza, vocifera, atropella, asalta a diarios, persiguen en su furia demoníaca a los propios adalides permanentes”[3].
La contundencia de las palabras nos exime de mayores comentarios: es la incomprensión en su máxima expresión. Para nosotros los analistas políticos, caer en este mismo estado de incomprensión absoluta ante la emergencia de una nueva voluntad política, es lo peor que nos podría ocurrir. Si se estuviera incubando un nuevo movimiento político que viniera a barrer con instituciones ineficaces y anacrónicas nuestra función sería dar una respuesta integradora, conducir lo nuevo, jamás negarlo.
De todas maneras, retomando la oposición planteada (técnica versus política), lo que queda claro es que la posibilidad de detectar las nuevas apariciones en la escena pública cae fuera de la órbita del pensamiento técnico. Ejemplos como el del primer peronismo nos indican con una claridad meridiana que la política es una actividad creativa que corre los límites del reduccionismo propio de quienes simplemente diagnostican la realidad. Ejemplo de las limitaciones propias del tecnócrata fueron las pretensiones hegemónicas infundadas como las que tenían los economistas del establishment en los 90, quienes recibieron el significativo nombre de “gurúes”. Un gurú es alguien que descifra un futuro que ya está hecho[4]; un político, a no olvidarlo, es alguien que intuyendo las tendencias, “crea” futuro, hace futuro con su actividad del presente.
Algunos han realizado una manipulación conceptual respecto de aquella vieja definición de lo político como “el arte de lo posible”. ¿En qué consiste esa manipulación? Básicamente en que “lo posible” no es un límite marcado de antemano, establecido previamente a su ejecución. Dentro de tal comprensión las únicas opciones de acción son el conservadurismo o el oportunismo. En efecto, si realizo la agenda de los poderosos estoy llevando adelante “lo posible” mas sin ningún contenido ético, sin promover ideal alguno, es la realpolitik en todo su cinismo y sordidez. El realismo político llevado a sus últimas consecuencias es la negación de la política.
Lo posible debe ser entendido más bien como un límite o frontera en eterno litigio -todos los días se pone en tela de juicio qué es lo posible-. Si la visión “realista” cínica fuera cierta aún hoy no habría voto femenino o derechos laborales, pues en cada generación los sectores opuestos hubieran continuado imponiendo a gobernantes “realistas” la imposibilidad de correr el límite.
Si gobernabilidad, para no ser desestabilizado, es simplemente atender el llamado de los poderosos de siempre, a imagen metafórica justa para graficar tal actitud, es la de un boxeador, flojo de ánimo, que sale a “durar la pelea”. Es decir, no piensa jamás en imponerse sino en llegar lo menos herido posible al final de la pelea. Y creemos, enfáticamente, con Carlos Pellegrini que “Quien no espera vencer está vencido”[5]. En el buen político conviven el analista objetivo que ve los factores reales que se oponen al logro de sus ideales pero también, y es tal vez la parte más necesaria, el idealista que con su convicción y disposición a la acción esta dispuesto a pelear siempre por lo que cree justo.
Un exceso de realismo cae necesariamente en la sordidez y en el cinismo. Cuando analizamos los escándalos de corrupción de la política argentina de los últimos 20 años el factor común es la carencia absoluta de ideales en los protagonistas. Creyeron tener entre manos una “carrera política” y hoy deambulan como espectros esperando que el pueblo les dé una nueva oportunidad. Decíamos en otro capítulo que mediante sucesivas síntesis el pueblo iba marcando lo posible, lo ya descartado y lo deseable, esto es así a partir de definir lo político como una frontera o límite móvil. Está claro que ya no hay lugar para aquellos que conciben lo político como un negocio personal a espaldas de la gente, nuestro pueblo ha aprendido que con la movilización el sistema político se sacude hasta sus cimientos y, si bien no hay unidad en las propuestas, si la hay -y es suficiente para los fines propuestos- en el rechazo.
Prisioneros de la crítica y la desconfianza
Una de las actitudes culturales más comunes a los años 90 fue el cinismo, asociado a esto predominaron valores y actitudes como la ironía y el sarcasmo. Creer era una actitud ingenua y la desconfianza la respuesta natural. Había que tomarse la realidad con humor porque era demasiado analizar con seriedad un clima cultural y político que en verdad era veces desopilante. El poder se mostraba en su dimensión más cretina y egoísta, servía para acrecentar el propio patrimonio, el de la familia, y para “darse los gustos” como manejar la Ferrari o conocer a todos los artistas internacionales que llegaban atraídos por el uno a uno. Si en los 80 todavía daba miedo participar en política por el recuerdo de lo acontecido en la dictadura, en los 90 la política era de “piloto automático” (ya que en realidad gobernaban las grandes corporaciones) y sólo quedaba el disfrute del poder como atributo personal. Desde esa época se habla de la “sensualidad del poder”, políticos de sesenta años con modelos o actrices de 25. Es natural preguntarse quién realmente bien intencionado hubiera querido participar dentro de una cultura que deploraba las ideas, todo tipo de ideas, por obsoletas y reivindicaba alegremente la banalidad. Fueron 10 años, lo reiteramos, mucho tiempo, suficiente para la conformación y cristalización cultural de una serie de certezas que promueven en el hombre un comportamiento individualista y desconfiado.
Hemos aprendido a desconfiar y a criticar, somos mucho menos crédulos e ingenuos ahora, sin embargo estas virtudes desarrolladas no sirven para cambiar el país, para apostar por una reedificación de la sociedad. Estamos siempre prestos a desilusionarnos, a retirar nuestro apoyo, a no establecer compromisos, a reírnos de los “ingenuos que todavía creen”. Sin embargo la única posibilidad de establecer una alternativa política que termine con la exclusión social pasa por desarrollar virtudes distintas a las que los argentinos adquirimos en la fatídica década de la decadencia.
[1] G.W.F Hegel “ Filosofía de la Historia” Alianza Editorial , Madrid, 1999. Pág. 66
[2] “¿Qué es esto? “ de Ezequiel Martínez Estrada. Editorial Lautaro, Buenos Aires, 1957. Pág. 40.
[3] Tomado de “Perón”, por Joseph Page, Pág. 163. Círculo de lectores. Buenos Aires, 1983.
[4] Ya sea por repetición de las etapas de la historia o porque a partir de su magia “conoce el futuro”.
[5] Tomado del libro “Vidas Argentinas “de Octavio R. Amadeo, Bernabé y compañía Editores, Buenos Aires, 1940. Pág. 5.
Los hombres de más talento son aquellos que conocen el espíritu del pueblo y saben dirigirse a él.
G.W. F. Hegel[1]
Filosofía política, los macroconceptos de organización
(Los conflictos sociales siempre se “inventan”)
Si Ricardo Caballero aseveró que la revolución de 1890 la hicieron los vencidos de Caseros, la de Perón la hicieron los sobrevivientes de esa batalla no dirimida con los “sumergidos” , o sea, los vencidos de todos los días.
Ezequiel Martínez Estrada
La política forma parte del mundo de las ideas no es simplemente un conocimiento técnico. El primer impulso siempre es ideal. Desde la visión acotada del técnico los problemas son básicamente susceptibles de resolver a partir de la aplicación de lo conocido, de lo que ya ha brindado resultados exitosos. Desde el punto de vista del político los problemas no sólo tratan sobre lo inmediatamente existente sino que requieren de nuevas soluciones imaginativas o, si fuera el caso, de plantear nuevos problemas, de formular instancias novedosas de interpretación que resignifiquen la realidad.
Para la clase dirigente de los 40 en nuestro país no existía “el problema obrero”, simplemente no lo tenían en cuenta. El 17 de octubre de 1945 los tomó de sorpresa, de allí que los más lúcidos de ellos acusaron a Perón de haber “inventado” los conflictos sociales. Como lo decíamos en el capítulo 2 Perón con su discurso constituyó a la clase obrera. Da buena cuenta de ello la siguiente afirmación de Ezequiel Martínez Estrada “Nadie que no sea un fanático o un impío puede culpar a un pueblo que después de siglos de vivir como paria en tierra extranjera, halló al Mesías que le ofreció más que dinero y poder, amor, solidaridad, compañerismo que es lo que nunca se le había ofrecido.”[2]
La aparición del peronismo se hizo incomprensible para la clase dirigente de los 40. Decía sobre el 17 de octubre el semanario socialista La Vanguardia, en una párrafo ya clásico como ejemplo de la incomprensión: “En los bajos y entresijos de la sociedad hay acumulados miseria, dolor, ignorancia, indigencia más mental que física, infelicidad y sufrimiento. Cuando un cataclismo social o un estímulo de la policía moviliza las fuerzas latentes del resentimiento, cortan todas las contenciones morales, dan libertad a las potencias incontroladas, la parte del pueblo que vive ese resentimiento y acaso para su resentimiento, se desborda en las calles, amenaza, vocifera, atropella, asalta a diarios, persiguen en su furia demoníaca a los propios adalides permanentes”[3].
La contundencia de las palabras nos exime de mayores comentarios: es la incomprensión en su máxima expresión. Para nosotros los analistas políticos, caer en este mismo estado de incomprensión absoluta ante la emergencia de una nueva voluntad política, es lo peor que nos podría ocurrir. Si se estuviera incubando un nuevo movimiento político que viniera a barrer con instituciones ineficaces y anacrónicas nuestra función sería dar una respuesta integradora, conducir lo nuevo, jamás negarlo.
De todas maneras, retomando la oposición planteada (técnica versus política), lo que queda claro es que la posibilidad de detectar las nuevas apariciones en la escena pública cae fuera de la órbita del pensamiento técnico. Ejemplos como el del primer peronismo nos indican con una claridad meridiana que la política es una actividad creativa que corre los límites del reduccionismo propio de quienes simplemente diagnostican la realidad. Ejemplo de las limitaciones propias del tecnócrata fueron las pretensiones hegemónicas infundadas como las que tenían los economistas del establishment en los 90, quienes recibieron el significativo nombre de “gurúes”. Un gurú es alguien que descifra un futuro que ya está hecho[4]; un político, a no olvidarlo, es alguien que intuyendo las tendencias, “crea” futuro, hace futuro con su actividad del presente.
Algunos han realizado una manipulación conceptual respecto de aquella vieja definición de lo político como “el arte de lo posible”. ¿En qué consiste esa manipulación? Básicamente en que “lo posible” no es un límite marcado de antemano, establecido previamente a su ejecución. Dentro de tal comprensión las únicas opciones de acción son el conservadurismo o el oportunismo. En efecto, si realizo la agenda de los poderosos estoy llevando adelante “lo posible” mas sin ningún contenido ético, sin promover ideal alguno, es la realpolitik en todo su cinismo y sordidez. El realismo político llevado a sus últimas consecuencias es la negación de la política.
Lo posible debe ser entendido más bien como un límite o frontera en eterno litigio -todos los días se pone en tela de juicio qué es lo posible-. Si la visión “realista” cínica fuera cierta aún hoy no habría voto femenino o derechos laborales, pues en cada generación los sectores opuestos hubieran continuado imponiendo a gobernantes “realistas” la imposibilidad de correr el límite.
Si gobernabilidad, para no ser desestabilizado, es simplemente atender el llamado de los poderosos de siempre, a imagen metafórica justa para graficar tal actitud, es la de un boxeador, flojo de ánimo, que sale a “durar la pelea”. Es decir, no piensa jamás en imponerse sino en llegar lo menos herido posible al final de la pelea. Y creemos, enfáticamente, con Carlos Pellegrini que “Quien no espera vencer está vencido”[5]. En el buen político conviven el analista objetivo que ve los factores reales que se oponen al logro de sus ideales pero también, y es tal vez la parte más necesaria, el idealista que con su convicción y disposición a la acción esta dispuesto a pelear siempre por lo que cree justo.
Un exceso de realismo cae necesariamente en la sordidez y en el cinismo. Cuando analizamos los escándalos de corrupción de la política argentina de los últimos 20 años el factor común es la carencia absoluta de ideales en los protagonistas. Creyeron tener entre manos una “carrera política” y hoy deambulan como espectros esperando que el pueblo les dé una nueva oportunidad. Decíamos en otro capítulo que mediante sucesivas síntesis el pueblo iba marcando lo posible, lo ya descartado y lo deseable, esto es así a partir de definir lo político como una frontera o límite móvil. Está claro que ya no hay lugar para aquellos que conciben lo político como un negocio personal a espaldas de la gente, nuestro pueblo ha aprendido que con la movilización el sistema político se sacude hasta sus cimientos y, si bien no hay unidad en las propuestas, si la hay -y es suficiente para los fines propuestos- en el rechazo.
Prisioneros de la crítica y la desconfianza
Una de las actitudes culturales más comunes a los años 90 fue el cinismo, asociado a esto predominaron valores y actitudes como la ironía y el sarcasmo. Creer era una actitud ingenua y la desconfianza la respuesta natural. Había que tomarse la realidad con humor porque era demasiado analizar con seriedad un clima cultural y político que en verdad era veces desopilante. El poder se mostraba en su dimensión más cretina y egoísta, servía para acrecentar el propio patrimonio, el de la familia, y para “darse los gustos” como manejar la Ferrari o conocer a todos los artistas internacionales que llegaban atraídos por el uno a uno. Si en los 80 todavía daba miedo participar en política por el recuerdo de lo acontecido en la dictadura, en los 90 la política era de “piloto automático” (ya que en realidad gobernaban las grandes corporaciones) y sólo quedaba el disfrute del poder como atributo personal. Desde esa época se habla de la “sensualidad del poder”, políticos de sesenta años con modelos o actrices de 25. Es natural preguntarse quién realmente bien intencionado hubiera querido participar dentro de una cultura que deploraba las ideas, todo tipo de ideas, por obsoletas y reivindicaba alegremente la banalidad. Fueron 10 años, lo reiteramos, mucho tiempo, suficiente para la conformación y cristalización cultural de una serie de certezas que promueven en el hombre un comportamiento individualista y desconfiado.
Hemos aprendido a desconfiar y a criticar, somos mucho menos crédulos e ingenuos ahora, sin embargo estas virtudes desarrolladas no sirven para cambiar el país, para apostar por una reedificación de la sociedad. Estamos siempre prestos a desilusionarnos, a retirar nuestro apoyo, a no establecer compromisos, a reírnos de los “ingenuos que todavía creen”. Sin embargo la única posibilidad de establecer una alternativa política que termine con la exclusión social pasa por desarrollar virtudes distintas a las que los argentinos adquirimos en la fatídica década de la decadencia.
[1] G.W.F Hegel “ Filosofía de la Historia” Alianza Editorial , Madrid, 1999. Pág. 66
[2] “¿Qué es esto? “ de Ezequiel Martínez Estrada. Editorial Lautaro, Buenos Aires, 1957. Pág. 40.
[3] Tomado de “Perón”, por Joseph Page, Pág. 163. Círculo de lectores. Buenos Aires, 1983.
[4] Ya sea por repetición de las etapas de la historia o porque a partir de su magia “conoce el futuro”.
[5] Tomado del libro “Vidas Argentinas “de Octavio R. Amadeo, Bernabé y compañía Editores, Buenos Aires, 1940. Pág. 5.


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