La disyuntiva del pobre en Argentina : Robar o Rogar
Verdades y mentiras sobre el tema “inseguridad”
La principal preocupación de los habitantes de las ciudades argentinas es la “inseguridad”, es decir el aumento conjunto, inusitado y exponencial, de la tasa de delito y del índice de victimización. Sin embargo vale realizar una primera aclaración, no combatimos una estadística (la cantidad de delitos cometidos, por ejemplo, durante un semestre) sino una sensación, una proyección que realiza el ciudadano, y que afecta su vida diaria, sobre las posibilidades que tiene de convertirse en víctima, en algunos casos diríamos psicológicamente angustia anticipatoria.
No todos los delitos inciden de la misma forma sobre la sensación de inseguridad. Para ponerlo en términos positivos, si el gobierno consiguiera al mismo tiempo una disminución notable de las estafas, de la violencia doméstica y del trabajo infantil, la sensación de inseguridad no se vería afectada en los más mínimo. Es decir, numerosos ciudadanos continuarían considerando que los delincuentes están fuera de control, que pueden ser atacados en cualquier momento, y lo que es peor, que deben tomar recaudos particulares para autoprotegerse.
Luego de esta necesaria aclaración surge la primera certeza: una política de seguridad correcta no previene y reprime todos los delitos con igual consideración y recursos, se le debe dar prioridad a aquellos delitos que tienen mayor incidencia sobre el índice de victimización. Para el lego en temas de seguridad, el ciudadano común, puede sonar a herejía tal afirmación, sin embargo para colaborar con la verdad y profundizar la explicación, deberíamos radicalizar los términos y, por ejemplo, sostener que una buena política de seguridad debería desalentar los delitos con armas y (por disyunción) promocionar los que se cometen sin el uso de armas.
¿El Estado promocionando delitos? Parece descabellado, sin embargo lo que es verdaderamente insensato es creer y, a partir de eso, exigir que la reducción drástica de la estadística delictual en general sea el objetivo de la política de seguridad. No contamos con los recursos necesarios, el presupuesto del estado es escaso y sólo un aumento significativo de la presión impositiva podría dotar al Estado de los recursos, ¿están los ciudadanos dispuestos a realizar tal sacrificio en su patrimonio? ¿los políticos pondrían en riesgo posibles votos aumentando considerablemente los impuestos en aras de la seguridad? Pero además, una vez obtenido el financiamiento, ¿se puede asegurar que el resultado real sería una baja sustantiva de los delitos cometidos?
Lo que subyace a todo esta problemática y la profundiza en tanto sensación es que diversos sectores políticos, específicamente la derecha política, intentan convencer (la mayoría de las veces, lográndolo) a porciones numéricamente significativas de la ciudadanía, que con tres o cuatro medidas concretas el problema de la sensación de inseguridad puede ser resuelto, y que lograr niveles de seguridad propios de otros tiempos de la argentina es una tarea posible. (Ver mi propio artículo, "La reforma intelectual y moral")
¿Voluntad o estructura?
No sólo esto último; a partir de la enorme difusión periodística de los casos más truculentos, la derecha dibuja un panorama en donde el origen social del delito, si bien ahora es ponderado, y eso es una novedad en el discurso derechista, no es la razón principal, sino que se trataría de la elección de un propio camino de vida combinado con leyes “benignas” y un sistema judicial garantista que, dicen, protege a los delincuentes y persigue a los honestos. Este sentido común derechista se expresa en fórmulas vagas que ya se aceptan en forma casi indiscutible entre la ciudadanía: “entran por una puerta y salen por la otra” , “los derechos humanos son para los delincuentes y no para la gente que trabaja”, “si la policía sabe quienes son por qué no los va a buscar”, “hay que bajar la edad de imputabilidad”, “ hay que subir las penas”, “hay que hacer más cárceles”, a propósito de estas dos últimas aseveraciones es interesante señalar que se han seguido al pie de la letra y la sensación de inseguridad no ha bajado ni un ápice, es más, ha subido.
La pregunta que surge de suyo es ¿qué fenómeno social es el que ha producido y sigue produciendo un crecimiento notable de la forma de vida delictiva? o, lo que es lo mismo, pero irónicamente, ¿por qué en los sectores populares se despiertan cada vez más vocaciones delictivas? Parece obvio señalar que aquellos que eligen una vida “tumbera”, realizan su elección fuera de un marco de posibilidades aceptable, en muchos casos, es eso o morir lentamente de pobreza e inanición, y cualquier respuesta seria debe tener en cuenta la cuestión social, es decir, tomar nota acabadamente de la inaudita exclusión social de la políticas liberales aplicadas en 10 años de menemismo. Sin esta consideración acercarse al tema seguridad es tocar de oído, hablar por hablar.
Un mínimo de historia y algo de proyección
En la historia del delito previa a los 90 podemos afirmar que ser delincuente era cierta elección que se realizaba a partir de un componente volitivo importante. Si bien es cierto que los pobres dentro del capitalismo son siempre víctimas, la aparición en la posguerra de un capitalismo organizado, provocó mediante las políticas públicas de integración que el abandonar las condiciones de nacimiento fuera algo posible, real. En la argentina las políticas de inclusión del primer peronismo son un excelente ejemplo. Los despojados de todo llegaban a las fábricas instaladas en el cordón industrial bonaerense y se instalaban provisoriamente en “villas de emergencia”, hasta tanto compraran su terreno y pudieran edificar de a poco su casa. Para los 70 ya pasaron a denominarse “villa miseria” y la inclusión social, proyecto al que se avocó con entrega absoluta la generación de los desaparecidos, dejó de estar en la agenda de los gobernantes. La respuesta fue represiva, reprimir al que podía o era delincuente social y asesinar al que soñaba y trabajaba para eliminar la exclusión social, el militante político, transformado en los 70 en “delincuente político”.
La democracia reconquistada en el 83 nada pudo hacer en cuanto a inclusión social, las crisis económicas recurrentes por el contrario terminaron incorporando a millares de personas a la pobreza; en lugar de ascenso social, pauperización. El modelo menemista vino a profundizar las políticas regresivas de Martínez de Hoz, el resultado que nos interesa para nuestro análisis fue la desocupación del 35 % y la creación de una economía paralela, la economía en negro que funcionaba con la misma eficiencia que la economía legal. Lo millones que se vieron expulsados de la economía legal no iban a resignarse a morir de hambre, esto es algo obvio, es en este contexto y no en otro en donde aparece el fenómeno de la delincuencia generalizada, la explosión de los índices de victimización.
Cinco años en la vida de una persona son muchos, 10, ni hablar, hubo miles de personas que aunque educadas en valores burgueses, tuvieron que aceptar día a día que tales valores eran impracticables en el contexto en que vivían, sus hijos educados en ese tiempo, ni siquiera recibieron tal educación sustentada en valores burgueses de honestidad y trabajo. Podía predecirse la aparición de los llamados “pibes chorros”, jóvenes y adolescentes que aprendieron a ser duros en un contexto de inusual dureza.
El delito a partir de los 90 cambia, ya no se trata de un ladrón , digamos profesional, que maneja códigos burgueses (no meterse con viejas o embarazadas, por ejemplo) y que hace inteligencia previa al hecho delictivo, o tiene un “dato”. Aparecen los “delitos al boleo” es decir un grupo de “pibes” que salen a buscar su sustento en cualquier lado, a cualquier hora, eligiendo a la víctima por su potencial indefención, mientras más débil, mejor candidato.
Las imágenes a veces complementan perfectamente una idea. Uno de los creadores del liberalismo, Thomas Hobbes, sostenía que sin poder absoluto …”el hombre es lobo del hombre”, a esa situación le llamaba “estado de naturaleza”, cuando observamos la crueldad del mundo natural por medio de documentales contemplamos horrorizados como los leones o las hienas atacan a sus respectivas crías o a los más viejos, de eso se trata lo que hoy se nos presenta como nueva delincuencia, ausencia de reglas o códigos, estado de naturaleza puro, incluso superándolo del lado humano, el animal no mata porque si, sólo lo hace para comer. Está claro entonces que los 10 años de neoliberalismo menemista significaron una ruptura que estamos pagando en términos de inclusión social, cultura, ética y obviamente, inseguridad.
A propósito de lo humano: lo humano no surge genéticamente, es un acto de enseñanza, ya sea por omisión o por acción alguien nos dice esto es humano, o lo que es lo mismo, esto es lo que hacemos los humanos, la humanidad o no de una acción es una creación social. La generación que vivió una infancia miserable durante los 90 no ha sido educada en valores sino en disvalores, o mejor en valores utilitarios a los fines de mantener la pura vida humana. Si comer es hoy es una aventura, toda acción se encuentra justificada, se trata de una cuasi guerra, y en ella robar, mentir, matar, atacar al más débil son acciones necesarias.
La parte de rogares el informe sobre desocupados que figura aquí mismo.
Verdades y mentiras sobre el tema “inseguridad”
La principal preocupación de los habitantes de las ciudades argentinas es la “inseguridad”, es decir el aumento conjunto, inusitado y exponencial, de la tasa de delito y del índice de victimización. Sin embargo vale realizar una primera aclaración, no combatimos una estadística (la cantidad de delitos cometidos, por ejemplo, durante un semestre) sino una sensación, una proyección que realiza el ciudadano, y que afecta su vida diaria, sobre las posibilidades que tiene de convertirse en víctima, en algunos casos diríamos psicológicamente angustia anticipatoria.
No todos los delitos inciden de la misma forma sobre la sensación de inseguridad. Para ponerlo en términos positivos, si el gobierno consiguiera al mismo tiempo una disminución notable de las estafas, de la violencia doméstica y del trabajo infantil, la sensación de inseguridad no se vería afectada en los más mínimo. Es decir, numerosos ciudadanos continuarían considerando que los delincuentes están fuera de control, que pueden ser atacados en cualquier momento, y lo que es peor, que deben tomar recaudos particulares para autoprotegerse.
Luego de esta necesaria aclaración surge la primera certeza: una política de seguridad correcta no previene y reprime todos los delitos con igual consideración y recursos, se le debe dar prioridad a aquellos delitos que tienen mayor incidencia sobre el índice de victimización. Para el lego en temas de seguridad, el ciudadano común, puede sonar a herejía tal afirmación, sin embargo para colaborar con la verdad y profundizar la explicación, deberíamos radicalizar los términos y, por ejemplo, sostener que una buena política de seguridad debería desalentar los delitos con armas y (por disyunción) promocionar los que se cometen sin el uso de armas.
¿El Estado promocionando delitos? Parece descabellado, sin embargo lo que es verdaderamente insensato es creer y, a partir de eso, exigir que la reducción drástica de la estadística delictual en general sea el objetivo de la política de seguridad. No contamos con los recursos necesarios, el presupuesto del estado es escaso y sólo un aumento significativo de la presión impositiva podría dotar al Estado de los recursos, ¿están los ciudadanos dispuestos a realizar tal sacrificio en su patrimonio? ¿los políticos pondrían en riesgo posibles votos aumentando considerablemente los impuestos en aras de la seguridad? Pero además, una vez obtenido el financiamiento, ¿se puede asegurar que el resultado real sería una baja sustantiva de los delitos cometidos?
Lo que subyace a todo esta problemática y la profundiza en tanto sensación es que diversos sectores políticos, específicamente la derecha política, intentan convencer (la mayoría de las veces, lográndolo) a porciones numéricamente significativas de la ciudadanía, que con tres o cuatro medidas concretas el problema de la sensación de inseguridad puede ser resuelto, y que lograr niveles de seguridad propios de otros tiempos de la argentina es una tarea posible. (Ver mi propio artículo, "La reforma intelectual y moral")
¿Voluntad o estructura?
No sólo esto último; a partir de la enorme difusión periodística de los casos más truculentos, la derecha dibuja un panorama en donde el origen social del delito, si bien ahora es ponderado, y eso es una novedad en el discurso derechista, no es la razón principal, sino que se trataría de la elección de un propio camino de vida combinado con leyes “benignas” y un sistema judicial garantista que, dicen, protege a los delincuentes y persigue a los honestos. Este sentido común derechista se expresa en fórmulas vagas que ya se aceptan en forma casi indiscutible entre la ciudadanía: “entran por una puerta y salen por la otra” , “los derechos humanos son para los delincuentes y no para la gente que trabaja”, “si la policía sabe quienes son por qué no los va a buscar”, “hay que bajar la edad de imputabilidad”, “ hay que subir las penas”, “hay que hacer más cárceles”, a propósito de estas dos últimas aseveraciones es interesante señalar que se han seguido al pie de la letra y la sensación de inseguridad no ha bajado ni un ápice, es más, ha subido.
La pregunta que surge de suyo es ¿qué fenómeno social es el que ha producido y sigue produciendo un crecimiento notable de la forma de vida delictiva? o, lo que es lo mismo, pero irónicamente, ¿por qué en los sectores populares se despiertan cada vez más vocaciones delictivas? Parece obvio señalar que aquellos que eligen una vida “tumbera”, realizan su elección fuera de un marco de posibilidades aceptable, en muchos casos, es eso o morir lentamente de pobreza e inanición, y cualquier respuesta seria debe tener en cuenta la cuestión social, es decir, tomar nota acabadamente de la inaudita exclusión social de la políticas liberales aplicadas en 10 años de menemismo. Sin esta consideración acercarse al tema seguridad es tocar de oído, hablar por hablar.
Un mínimo de historia y algo de proyección
En la historia del delito previa a los 90 podemos afirmar que ser delincuente era cierta elección que se realizaba a partir de un componente volitivo importante. Si bien es cierto que los pobres dentro del capitalismo son siempre víctimas, la aparición en la posguerra de un capitalismo organizado, provocó mediante las políticas públicas de integración que el abandonar las condiciones de nacimiento fuera algo posible, real. En la argentina las políticas de inclusión del primer peronismo son un excelente ejemplo. Los despojados de todo llegaban a las fábricas instaladas en el cordón industrial bonaerense y se instalaban provisoriamente en “villas de emergencia”, hasta tanto compraran su terreno y pudieran edificar de a poco su casa. Para los 70 ya pasaron a denominarse “villa miseria” y la inclusión social, proyecto al que se avocó con entrega absoluta la generación de los desaparecidos, dejó de estar en la agenda de los gobernantes. La respuesta fue represiva, reprimir al que podía o era delincuente social y asesinar al que soñaba y trabajaba para eliminar la exclusión social, el militante político, transformado en los 70 en “delincuente político”.
La democracia reconquistada en el 83 nada pudo hacer en cuanto a inclusión social, las crisis económicas recurrentes por el contrario terminaron incorporando a millares de personas a la pobreza; en lugar de ascenso social, pauperización. El modelo menemista vino a profundizar las políticas regresivas de Martínez de Hoz, el resultado que nos interesa para nuestro análisis fue la desocupación del 35 % y la creación de una economía paralela, la economía en negro que funcionaba con la misma eficiencia que la economía legal. Lo millones que se vieron expulsados de la economía legal no iban a resignarse a morir de hambre, esto es algo obvio, es en este contexto y no en otro en donde aparece el fenómeno de la delincuencia generalizada, la explosión de los índices de victimización.
Cinco años en la vida de una persona son muchos, 10, ni hablar, hubo miles de personas que aunque educadas en valores burgueses, tuvieron que aceptar día a día que tales valores eran impracticables en el contexto en que vivían, sus hijos educados en ese tiempo, ni siquiera recibieron tal educación sustentada en valores burgueses de honestidad y trabajo. Podía predecirse la aparición de los llamados “pibes chorros”, jóvenes y adolescentes que aprendieron a ser duros en un contexto de inusual dureza.
El delito a partir de los 90 cambia, ya no se trata de un ladrón , digamos profesional, que maneja códigos burgueses (no meterse con viejas o embarazadas, por ejemplo) y que hace inteligencia previa al hecho delictivo, o tiene un “dato”. Aparecen los “delitos al boleo” es decir un grupo de “pibes” que salen a buscar su sustento en cualquier lado, a cualquier hora, eligiendo a la víctima por su potencial indefención, mientras más débil, mejor candidato.
Las imágenes a veces complementan perfectamente una idea. Uno de los creadores del liberalismo, Thomas Hobbes, sostenía que sin poder absoluto …”el hombre es lobo del hombre”, a esa situación le llamaba “estado de naturaleza”, cuando observamos la crueldad del mundo natural por medio de documentales contemplamos horrorizados como los leones o las hienas atacan a sus respectivas crías o a los más viejos, de eso se trata lo que hoy se nos presenta como nueva delincuencia, ausencia de reglas o códigos, estado de naturaleza puro, incluso superándolo del lado humano, el animal no mata porque si, sólo lo hace para comer. Está claro entonces que los 10 años de neoliberalismo menemista significaron una ruptura que estamos pagando en términos de inclusión social, cultura, ética y obviamente, inseguridad.
A propósito de lo humano: lo humano no surge genéticamente, es un acto de enseñanza, ya sea por omisión o por acción alguien nos dice esto es humano, o lo que es lo mismo, esto es lo que hacemos los humanos, la humanidad o no de una acción es una creación social. La generación que vivió una infancia miserable durante los 90 no ha sido educada en valores sino en disvalores, o mejor en valores utilitarios a los fines de mantener la pura vida humana. Si comer es hoy es una aventura, toda acción se encuentra justificada, se trata de una cuasi guerra, y en ella robar, mentir, matar, atacar al más débil son acciones necesarias.
La parte de rogares el informe sobre desocupados que figura aquí mismo.


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