Informe sobre desocupados [1]
Durante el año 2008 trabajé en una municipalidad del conurbano bonaerense (tercer cordón) dictando talleres para desocupados organizados por el ministerio de trabajo, específicamente los llamados Orientación laboral (OL) y Apoyo a la búsqueda de empleo (ABE), el tercer taller programado se llamaba Organización del trabajo independiente [2] (OTI), pero yo nunca lo di por una cuestión de división interna del trabajo con el otro docente asignado a ese municipio.
Mi intención al realizar y dar a conocer este informe es fomentar el debate sobre algunos temas puntuales referidos a políticas sociales, informar a aquellos que desconocen supinamente el tema, y, sobre todo, poner de manifiesto la dimensión humana, esto es, la enorme repercusión social de cualquier decisión política. Muchos de los asistentes a los talleres pertenecen al sector más débil en recursos culturales, económicos, emotivos, etc. de toda la población, y no cabe duda que de acuerdo a la orientación política de un gobierno su suerte cambia notablemente. No exagero en absoluto si sostengo que padres e hijos vieron sus vidas negativamente modificadas por las políticas neoliberales de los 90; los padres al quedarse fuera del mercado formal por demasiado tiempo, los hijos porque, a consecuencia de aquellas políticas, pretenden ingresar a un mercado laboral cada día más competitivo, exigente y desregulado. Creo con convicción que en este punto las políticas de reinserción laboral pierden especificidad para tornarse la puerta de entrada a cualquier otra política posible como la de seguridad, salud o educación, más claro, la alternativa cierta de los sectores pobres no puede seguir siendo robar (a los particulares) o rogar (al estado o entidades de beneficencia). Sin empleo e ingresos suficientes una sociedad segura, educada o saludable es simplemente, únicamente, un sueño.
¿Quiénes y a qué venían?
Es fundamental señalar el origen de estos talleres: como resultado de la finalización de los ultramencionados y ultracriticados, planes Jefes y Jefas de hogar; se les ofreció a los beneficiarios la alternativa de pasar al plan familias o al seguro de capacitación y empleo, en el caso de aceptar este último cobrarían 225 pesos por mes durante los primeros 18 meses y 200 los últimos seis meses, debían capacitarse, realizar cursos, aprender saberes formalizados[3] y acercarse a la Oficina de Empleo[4] para seguir cobrando sin problemas el seguro. A su finalización, es decir luego de dos años, los beneficiarios, o buena parte de ellos, debían estar listos para volver a los mercados laborales en la forma tradicional de búsqueda o capacitados para comenzar y/o continuar con un proyecto de autoempleo. A este grupo social fue al que le dicté los talleres del ministerio, las mujeres eran una absoluta mayoría, llegando a ser por lo común el 75 % de los presentes, o más.
Para hablar con propiedad debería decir en verdad grupo estatal, ya que conformaban un grupo sólo por el hecho de ser desocupados que aceptaron el seguro de capacitación y empleo y tenían domicilio en el mismo distrito. Creo que cualquiera podría coincidir conmigo en lo siguiente: la acción estatal los conformó como grupo, lo único que se desprende de tal hecho es la pura estatalidad, esto es, sin que lo hecho sea necesariamente una acción política[5], ni en cuanto a su precisión definicional, ni en lo referente al hecho mismo. Lo enteramente social, lo estadístico, pero también podríamos llamarlo “meramente” social, en este y otros múltiples casos, no es suficiente para conformar una unidad sustantiva, significativa, mucho menos que otorgue visibilidad.
Efectivamente, aunque signifique adelantar una conclusión, si bien todos mis alumnos eran personas pobres, tal universalidad es la única que es lícito inferir, en lo demás la variedad era la característica central: de ideología, de formación, de capital social, de situación económica, de origen social, de origen étnico, de religión, de ascendencia, de profesiones, de saberes, de perspectivas, de visiones de futuro; en definitiva, pluralidad en su más amplia expresión. Pongo de manifiesto esta pluralidad seguramente porque mi prejuicio antes de encontrarme dictando los talleres era que cierto grado de homogeneidad iba a ser la característica central.
¿Por qué venían?
Una primera cuestión que debe figurar en cualquier informe es que la asistencia a los talleres era obligatoria. La convocatoria a veces era suave, medida, haciendo hincapié en la utilidad del taller, otras, en cambio, se configuraba como una verdadera apretada (sino venís te quedás sin plan)-, corría por cuenta de la entidad que me contrataba, la Oficina de Empleo del distrito, sin que los docentes pudiéramos hacer nada para modificar el estado de cosas[6]. El ánimo de algunos de los alumnos, por el efecto del tipo de convocatoria intimidante, no era el deseable, pero, y es un acto de justicia señalarlo, los docentes contábamos en general con la buena onda de la gente, otras, con su resignación.
Los talleres comenzaban con la presentación del docente, luego una explicación básica de lo que se iba a hacer, y a continuación se presentaba cada uno de los asistentes; en lo cuantitativo conformaban un plantel numérico dispar, a veces muy pocos (4 o 5), otras, demasiados (29 o 30). El promedio era alrededor de 12 a 18 personas, a la luz de 10 meses de experiencia puedo valorar que ese número promedio de asistentes también es el ideal para la dinámica de los talleres.
El material de trabajo ideado por el ministerio, me refiero a los manuales, del capacitador y del capacitado, era adecuado, en el caso de ABE, un poco menos, en el caso de OL. Unas de las razones de la inadecuación del material de OL era, digamos así, estructural, porque las características del taller -centrado en las experiencias de vida de los asistentes- ponían la propia disposición de cada uno a participar en un lugar estelar. El taller de ABE era mucho más específico que el de OL, se le daban al asistente herramientas más concretas y objetivas y por lo tanto el desarrollo dependía menos de los participantes y más de los docentes. En definitiva Ayuda a la búsqueda de empleo contiene elementos mucho más visibles para el beneficiario que los que le puede aportar OL, además por la edad de los participantes (mayores en OL, de menor edad en ABE) las intervenciones eran distintas en calidad y cantidad.
En el primer caso, OL, los participantes contaban en muchos casos con dificultades insalvables para llenar las fichas y presentarse; timidez y analfabetismo iban en general de la mano y conformaban un panorama difícil para el taller. También el grado de deterioro emocional era significativo e inocultable en algunos de los asistentes a OL, casi inexpresado en los de ABE. Como señalaba más atrás, este último taller se refería a cuestiones que aquellos que tienen poca experiencia en los mercados laborales valoran especialmente: desde cómo hacer correctamente un curriculum vitae hasta como pararse frente a una entrevista laboral, o redactar una carta de presentación correctamente. En el otro taller, OL, se trataba de hacer pensar a los participantes sobre el futuro laboral personal y hablar del presente y del pasado del mercado laboral en forma reflexiva; a veces era muy difícil realizar este primer logro, buena parte del primer día se consumía en quejas, casi siempre justificadas, de los asistentes hacia la situación política general y la propia en particular. Sobre las quejas será necesario dedicar un párrafo especial.
Este señalamiento no significa en modo alguno una opinión absolutamente crítica sobre los talleres de Orientación Laboral, hablo simplemente del grado de dificultad para integrarse a la temática y a la dinámica grupal de uno y otro taller.
Algunas características particulares de la implementación en el distrito
La obligatoriedad de la capacitación generó una estrategia de balance[7] en dónde lo que importaba en el distrito era ofrecer cursos, vaya paradoja, los carentes de ingresos significaron un aumento notable en el ingreso de otras personas. Se llegó a dar cualquier curso, los que hubiera disponibles o los que podían dictar los amigos del poder local, pero también entraron en esto entidades estatales o privadas. Los cursos muchas veces no estaban relacionados ni con lo que se necesitaba de mano de obra en la zona, ni con lo que podía tener algún tipo de salida laboral. Por poner sólo dos ejemplos que asustan y ofenden, algunas de las asistentes a mis talleres (15, tal vez 20 a lo largo del año) hicieron el curso de Ceremonial y Protocolo, otras, en un número no menor, el de operadoras de electrocardiógrafo, resulta obvio que conseguir un trabajo a partir de tales capacitaciones ya en capital federal sería extremadamente difícil, en el tercer cordón bonaerense, casi, imposible.
El estado nacional además ofrecía viáticos de 50 $ mensuales a los beneficiarios que terminarán la primaria o la secundaria, muchos lo estaban haciendo, -es preciso señalar que varios de ellos con dificultades para el cobro de los viáticos-, otros, aún peor, nunca habían cobrado el plus, sin embargo hay que decir que completar los estudios era una buena iniciativa que muchos tomaban, en algunos casos, estratégicamente (por el dinero mismo), en otros con alegría y orgullo. Los problemas de implementación no nos deben obstaculizar observar la importancia al beneficio, muchas mujeres que su única inserción laboral había sido la limpieza en casas de familia desde muy chicas y hasta avanzada edad y, por lo tanto, les había sido imposible estudiar, lo estaban haciendo actualmente, en parte por el viático y en parte porque no podían anotarse en cursos de capacitación sino tenían la primaria terminada. Como señalé más atrás, la nota distintiva en algunas de ellas era el orgullo por que ya podían leer o escribir. Valoramos aun más esta situación si tenemos en cuenta que en casi todos los talleres de Orientación laboral, hubo siempre entre uno y tres asistentes que no llenaron ninguna de las 4 fichas con las que se trabajaba por no saber leer ni escribir.
Casi todos los cursos se daban en Centros de Formación Profesional estatales que cobraban matrícula, cooperadora o gastos de materiales, a veces desde 25 y hasta 40 pesos por mes. Muchos de los asistentes a mis talleres se quejaban de tal situación, la estrategia de algunos era entonces elegir la capacitación por la gratuidad. Como anécdota graciosa pero valiosa y concluyente respecto de su capacidad de demostración, así me ocurrió una vez, cuando en el momento de las presentaciones una de las asistentes, mayor de 50 años ella, me dice: “por el plan estoy haciendo el curso de guitarra”, ah le digo, ¿te gusta la música? Y me responde, “no, la verdad nunca me interesó, lo hago simplemente porque no me cobran nada y no me joden con las faltas”. En este caso salta a la vista lo antes señalado, la política de balance, pues sólo se puede entender que el municipio autorice un curso de guitarra para desocupados si el que lo da es hijo, nieto o sobrino de alguien. Había otros casos menos obvio pero tan inútiles como aquí, muchas mujeres estudiando peluquería, tal vez 3 o 4 por taller, ¿necesitará este distrito de tantas peluqueras? o reposteras, o artesanas en porcelana fría o cocineras. La pregunta válida que surge es, se planificó de acuerdo a las necesidades distritales y de allí se ofrecieron las capacitaciones de acuerdo a los requerimientos del lugar o simplemente se abrió la oferta de cursos, la respuesta parece quedar, claramente, de este lado.
También recibieron cursos los beneficiarios-desocupados de algunos sindicatos con subsedes en el distrito, en el caso de mi distrito de la UOCRA y del Sindicato de la Alimentación, en ambos casos, con muy buena recepción en los asistentes, muchos inscriptos y además allí se les pagaba un viático mensual, cercano a los 50 $.
Todas estas actividades se daban en el edificio de la Oficina de Empleo creada para esta tarea, atender a los desocupados, capacitar y realizar contactos con los parques industriales zonales para las empresas tomaran preferencialmente desocupados.
Las relaciones sociales
Un párrafo aparte merecen los empleados de la Oficina de Empleo respecto del modo en que atendían a los desocupados. La característica central era la desconfianza, porque partían de un prejuicio que en algunos casos y sólo en esos pocos casos era empíricamente verificable: este tiene laburo y, obviamente, más ingresos, por eso no quiere venir, o no puede, cuando lo convocamos para los talleres o para búsquedas laborales, es un vivo bárbaro y deberíamos suspenderle el plan.
Esta verdad parcial, la de que una parte de los beneficiarios cuenta con otros ingresos, formaba parte del sentido común del administrativo de la oficina de empleo, sentido común compartido con buena parte de la sociedad y, obviamente de la clase media[8] en cuanto a ubicar entre un vivo y un sinvergüenza a alguien que cobra 225 pesos por mes del estado y tiene trabajo o ingresos por otro lado.
Estamos interesados-influidos en lo que Gramsci llamó “origen práctico del error” y una forma de explicar el recorrido es ver como se forma este pobre sentido común. Primero con retazos muy generales de filosofías que se han vuelto normas de vida como una religión o una ideología política, ejemplo aplicable a nuestro caso es el “debe trabajar el hombre para ganarse su pan”[9] colocado en la boca de un personaje mítico como Martín Fierro y repetido acríticamente por generaciones, aunque también es tan antiguo como el bíblico “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.
Luego es útil analizar algunos resultados de la crisis de 2001 y ver un primer momento de legitimidad para la ayuda social y a partir de la recomposición económica de la clase media la pérdida de tal legitimidad. “No quieren trabajar”, “viven del estado y de la dádiva”, “que hagan algo por esa plata, ya quisiera yo ganar 150 $ gratis”, “en mucho lugares no se consiguen ni chicas de limpieza ni albañiles porque les conviene cobrar el plan sin hacer nada”, y toda una serie de afirmaciones calificables como temerarias o desinformadas, cuando no fascistas, respecto de este tema. Uno de los elementos de la realidad más dinámicos que redundan en que buena parte de los que cobran plan no hagan un esfuerzo por dejarlo tiene que ver con la realidad del trabajo informal y como reacción estratégica frente al contrato basura. Ningún actor racional, y se trata aquí de que juzguemos a todos con estos módulos, dejaría un ingreso informal pongamos de 1500 $ con plan incluido, por uno en blanco de 1500 $ también pero sólo asegurado por 5 o 6 meses que es el tiempo promedio que duran los trabajadores por ejemplo de las agencias de seguridad o en los supermercados. El estado nacional debería haber terminado hace tiempo con la flexibilización laboral de los 90 y mucho más con los contratos basura; esta hubiera sido una medida de enorme alcance respecto de la problemática que tratamos.
¿Cómo se forma y cristaliza el preconcepto? En general el prejuicio se consolida a partir de considerar al grupo familiar y sostener que ambos cónyuges cobran plan (550), que hacen changas, que reciben mercadería del estado, que van a comedores y que finalmente viven bien sin trabajar porque son vagos digamos, de alma, o alguna idiotez por el estilo. Recuerdo algún mail derechoso firmado por una indignada señora de clase media que sumaba las propinas obtenidas por un chico en situación de calle lavando parabrisas por 6 horas diarias y le daba un ingreso mensual superior a su hija que se había recibido en la UADE de Licenciada en Administración con promedio de 9.
En el caso de nuestra oficina, pero podría ser dicho de cualquiera de los empleados de las oficinas de empleo del país, consideraban un robo al estado lo que realizaban los beneficiarios, lo decían precisamente ellos que no podrían pasar ninguna (ni la más sencilla o tomada con extrema bonomía) prueba de productividad, con sueldos en promedio de 1400 $, les era imposible atender a más de 8 personas por jornada en un trabajo a media máquina de 5 horas por día.
Para ejemplificar la consideración de los empleados hacia los desocupados es suficiente que relate lo siguiente: en un día caluroso, de más de 32º, teníamos sólo un ventilador para unas 15 personas, entre ellas 2 embarazadas, salí del aula por dos minutos a buscar un nuevo marcador y cuando volví uno de los empleados de la Oficina de Empleo se había llevado para su oficina el ventilador dejándonos sin aire, esa es la consideración en que el empleado de la oficina tiene en general al desocupado.
Algo más sobre la convocatoria
Uno de los problemas recurrentes era la convocatoria que como señalé antes oscilaba entre el apriete y el desinterés, sin lograr un punto medio. Lo que complicaba en muchos casos aún más la asistencia era que muchos de los beneficiarios eran parte de estructuras políticas clientelares descentralizadas y había que primero reunir información sobre de quién [10] era tal beneficiario y luego pasar por el visto bueno de la autoridad de origen (cacique político) para que la convocatoria se concretara en asistencia. De hecho, como nota fuerte pero simpática, no era raro que se presentara alguien antes del comienzo del taller diciendo “ profe , yo soy de tal…,hace falta que me quede para que me den el presente? Recordemos que tanto OL (orientación laboral) como ABE (ayuda a la búsqueda de empleo) se desarrollaban durante 2 días, con una duración promedio de 3 horas, y para tener el presente había que asistir los dos días.
La duración prevista para OL era de 4 horas reloj, un verdadero despropósito, en nuestra experiencia cada grupo presentaba características distintas y de acuerdo a eso la cantidad de tiempo de cada taller, e incluso los temas o actividades que entraban para el 1º o 2º día. En OL el momento de la presentación personal, si el grupo era numeroso, se devoraba buena parte del primer día, sino lo era, y era muy pequeño, el riesgo era el contrario, es decir que el primer día tuviera una duración de no más de 2.30 horas. ABE era mucho más sencillo para realizar y calcular, salvo cuando tuve grupos demasiado grandes, todos los temas podían ser tocados y tratados en profundidad con 2.40 horas de cada día.
Sobre las quejas de los asistentes
“Dígale a Cristina que nosotros la votamos y ella se ha olvidado de los pobres”; “¿de verdad usted me quiere hacer creer que lo que yo diga acá es libre y no le llega al intendente o al secretario de gobierno?, ¿y a Usted, quién lo puso? Una de la estrategias de relación que rápidamente utilicé (no sólo estrategia sino también en gran parte, realidad) fue mostrar que no tenía una relación formal con el gobierno nacional, “no soy del ministerio y si la veo a Cristina le agrego a lo de ustedes, lo mío, y tampoco pertenezco al municipio, soy de Villa Crespo y me paga la UBA así que pueden decir los que les parece del intendente o de sus funcionarios”. En no pocos casos, al comienzo de los talleres, la sensación de los asistentes era del tipo “Gran Hermano”, todo puede ser escuchado y tener como resultado que me den de baja el plan. Situación dolorosa y difícil para el docente que siente la desconfianza y tiene que remontar el recorrido del taller; no se trata de una cuestión simplemente moral (del tipo no quiero pasar por agente encubierto[11] del gobierno o del municipio), sino que es absolutamente necesario para cualquier relación docente-alumno que se genere confianza, una vez logrado esto estaba claro que el 2º día era el mejor.
No era el único tipo de quejas, tanto en OL como en ABE el docente debe hablar sobre las características del mercado laboral actual, y entre otras cosas, señalar que, digamos, objetivamente, han aumentado los requisitos de capacitación y que, entre otras características, los adelantos tecnológicos destruyen empleo. Al llegar a esta parte la reacción era en general indignada, ¿y a usted le parece que eso está bien? era la pregunta generalizada. En el curso de ABE cobraba cierto dramatismo afirmar casi quirúrgicamente que habían aumentado los requisitos, teniendo en cuenta que de cada 10 chicas, 5 o 6 tenían secundario completo y algún curso (computación, incluso inglés) más y sólo habían trabajado en limpieza, aquí la teoría del “Capital Social” se ajusta perfectamente a la realidad. Los asistentes a ambos cursos tenían fuertes críticas respecto de la labor de la Oficina de Empleo, en primer lugar, al erigirse en la representante del estado más inmediatamente cercana a ellos, sentían, precisamente, que las autoridades políticas hacían poco y nada para conseguirles trabajo[12].
En OL la indignación surgía contra los requisitos referidos a la edad, “profe no hay avisos para mayores de 40 años ¿de qué voy a trabajar?, además cuando se planteaba la alternativa de reconvertirse, de pensar una salida laboral de autoempleo a partir los cursos de capacitación que se habían hecho, la reacción era de descreimiento, o de angustia e impotencia, “se hacer souvenirs, comida o prendas (tejidas, de confección) ¿adónde las voy a vender?, yo trabajé siempre en limpieza, no soy vendedora, ni cuentapropista, yo lo que quiero es un trabajo con sueldo”.
Cuestión de alternativas
¿Pretende el ministerio que todos –o un número significativo de ellos- los beneficiarios de planes sociales se transformen en microemprendedores? Estoy seguro que no; sin embargo a partir de diversos planes, como el “manos a la obra” o el “pago único”, se ha intentado un camino en ese sentido – en el sentido del autoempleo- y mi experiencia en los talleres indica que sólo un número muy pequeño de beneficiarios de planes sociales estarían en condiciones de transformarse en microemprendedores. En los talleres de OL cuando presentaba esta alternativa, o cuando les contaba de la posibilidad del “pago único” ,algunos interesados en comprar una máquina o en fabricar o hacer algo, me preguntaban, ¿sólo o asociado?, cuando conocían el requisito de asociación lo rechazaban, incluso hasta se enojaban, y cual si fuera una verdad bíblica, la mayoría de los asistentes sostenían que las sociedades funcionan mal, apoyándose en dichos como “mejor sólo que mal acompañado” o “el buey sólo bien se lame” o el más sofisticado “si hacés una sociedad con una amigo o familiar, después perdés la sociedad y el familiar o amigo” He aquí una limitación cultural importante , el asociacionismo no se implanta por injerto, pero es parte fundamental de la cultura política de un país. Sobre su significación democrática y de iniciativa basta con releer un libro central de la sociología y la política como “La democracia en América” de Alexis de Tocqueville, allí el autor sostiene que asociarse es de carácter constitutivo para las democracias, ya sea como escuelas de participación o para que los hombres hagan juntos lo que no podrían hacer separados. En nuestro municipio los proyectos preferidos por los beneficiarios eran en solitario, la mayoría consideraba una pesada carga, cuando no una burla, el proyecto societario, inclusive, luego de un arduo debate en el taller y cuando surgía que era obvio que 3 o 4 de ellas cocían, hacían ropa o tejían y podían potenciar el negocio asociándose, la negativa se repetía, ya sin más argumentos que “un vecino, amigo, pariente, que yo conozco se asoció y le, fue mal “ o aun peor “si es con otro, no me interesa”.
Las historias de vida y las expectativas
Hablé al principio de la pluralidad entre los asistentes, veamos: tuve, desde un relojero que tuvo 3 sucursales propias en zona norte y ahora quería ser entrenador de atletismo, hasta un caddie que en tiempos de trabajo sus ingresos mensuales superaban los 3000 pesos, o una niñera que conocía Paris, Roma y veraneaba en Punta del Este, hasta una mujer de 57 años que jamás trabajó fuera de su casa y tenía dos propiedades alquiladas. Desde ya estos casos no conformaban la normalidad de los asistentes, pero tampoco podría asegurarse que sus historias eran excepcionales. Entre mis alumnos la postulación respecto a la pauperización de un sector importante de la clase media a partir de 2001 era absolutamente certera.
¿Cuál era entonces el tipo ideal de asistente, el caso típico? Hablamos de una mujer de entre 45 (también de mucho menos) y 64 años, con primaria incompleta o analfabeta, que trabajó (o todavía hoy hace algunas changas) en casas de familia y que ya no consigue con continuidad por la edad o por que tiene problemas de salud importantes. Para brindar un indicador numérico digamos que en todos los talleres había por lo menos 3 o 4 de estos casos. Recordemos también que para poder asistir a las capacitaciones en los centros estatales pedían certificado de primaria o saber leer y escribir bien, lo que en ambos casos les cerraba la posibilidad de capacitarse. Tuve pocos asistentes varones pero entre ellos esta historia se repetía en lo referente a problemas de salud, edad y semi o analfabetismo, el rubro cambiaba, limpieza para las mujeres, construcción para los varones.
En un momento del taller de OL (orientación laboral) el docente induce a pensar en el futuro laboral, tarea muchas veces difícil, incluso para los más jóvenes por motivos diversos [13], las mujeres más grandes decían “profe mi proyecto es jubilarme, ya laburé demasiado, además quién me va a tomar a los 59 años (el número podemos reemplazarlo desde 55 y hasta 64)”; las capacitaciones recibidas o los estudios completados tenían una función de integración social, casi como desarrollar un hobby, o despuntar un viejo anhelo, pero es insensato pensar que mujeres de esa edad van a reconvertirse e insertarse en el mercado laboral como cuentapropistas, la verdadera opción, todos lo deberíamos saber, es una jubilación adelantada, si además esa persona quiere hacer algo en la casa , mejor, pero no hay espacio real para otra proyección más que esa. Sospecho que muchas de las medidas necesarias, realistas sobre estos temas no se han tomado porque el sentido común de las clases medias no las soportaría. Los mismo podría decirse del tema inseguridad, pensemos en el siguiente planteo, suben los asaltos con violencia, la alternativa realista es ¿bajar la pena a los sin violencia o subirlas a los con violencia? Promocionar el delito no violento o insistir con el aumento de penas que ya ha fracasado y vuelto a fracasar. Intentar reinsertar en el marcado a las/los que tienen entre 55 y 64 es sacarles puestos de trabajo a los jóvenes que son los que tiene capacidad de dañar y de hacerse daño, la jubilación anticipada es la solución. Todo lo que se gasta en política social se ahorra en otros rubros estatales, evitar la marginalidad y promover la integración es la única tarea política real.
[1] Plantea ya el título un problema, ¿son beneficiarios de planes sociales o desocupados, o subocupados?, a lo largo de la reflexión prometo elegir una palabra para definirlos. Además beneficiario se parece demasiado a beneficiado.
[2] Relacionado con el sistema de “Pago único”, es decir la posibilidad del beneficiario de pedir lo que le restaba de plan en un solo pago para la compra de máquinas o de insumos.
[3] Obtener el título era lo que valía de allí la calificación de “formalizado”. Lo importante no era si el beneficiario había aprendido algo, sino si tenía el certificado
[4] Organismo creado ad hoc y que recibe fondos ministeriales para algunas de sus funciones, en muchísimas municipalidades del país. El fin, acrecentar las oportunidades de reinsertarse de los beneficiarios de planes sociales a partir de capacitaciones y convenios con el sector privado de cada localidad para que se les de preferencia.
[5] Prometo profundizar la cuestión más adelante partiendo de una convicción: no todo lo que hace el estado es político. La pura administración, también lo que últimamente en teoría política se llama “policía”, “gestión”, “demanda democrática”, a veces es, incluso, lo contrario de lo político.
[6] La convocatoria se hacía telefónicamente en días y horarios en que no estábamos los docentes.
[7] Le llamo de tal manera haciendo referencia a la economía soviética, en donde importaba más fabricar los 5000 tractores que el partido comunista se había autoimpuesto como meta que saber sin funcionaban o eran apropiados para la producción.
[8] En el conflicto gobierno-campo, el sector del campo reclamaba para sí un mayor grado de legitimidad ya que los que iban a actos del gobierno cobraban “planes sociales”. Los periodistas perdiendo toda objetividad sostenían que la gente que fue a Rosario o a Palermo no era “llevada” sino que concurría “por sus propios medios”. Cobrar planes sociales se transformó casi en una declaración de culpabilidad, para la clase media.
[9] Unos de los consejos más conocidos de Martín Fierro.
[10] Es necesario hacer más adelante alguna consideración sobre las prácticas clientelares, sin embargo a los fines de la presentación y de la coherencia en el relato doy por natural y sobreentendida una expresión tal como “de quién” era una persona.
[11] Coloquialmente, buchón.
[12] Sobre esto también dedicaré un párrafo más adelante.
[13] Reitero, pues no es algo menor, que en los cursos de ABE las chicas tenían entre 20 y 35 años y en muchos casos con secundario completo y cursos de capacitación en ingles o computación. Cuando contaban su trayectoria laboral saltaba a la vista que sólo habían conseguido en limpieza. Es más, muchas de ellas tenían el “sueño” de trabajar en una fábrica. Surge como necesario citar al gran Florestán Fernándes cuando afirmaba que en Latinoamérica, cosa que no ocurría en Europa, existía el privilegio de ser obrero-explotado. Esto para reafirmar que a nadie le gusta especialmente trabajar en una fábrica pero los sueldos de convenio, trabajar en blanco y tener derechos laborales es una oferta que al lado de la informalidad de ser la “muchacha” se torna un verdadero “sueño”.
Durante el año 2008 trabajé en una municipalidad del conurbano bonaerense (tercer cordón) dictando talleres para desocupados organizados por el ministerio de trabajo, específicamente los llamados Orientación laboral (OL) y Apoyo a la búsqueda de empleo (ABE), el tercer taller programado se llamaba Organización del trabajo independiente [2] (OTI), pero yo nunca lo di por una cuestión de división interna del trabajo con el otro docente asignado a ese municipio.
Mi intención al realizar y dar a conocer este informe es fomentar el debate sobre algunos temas puntuales referidos a políticas sociales, informar a aquellos que desconocen supinamente el tema, y, sobre todo, poner de manifiesto la dimensión humana, esto es, la enorme repercusión social de cualquier decisión política. Muchos de los asistentes a los talleres pertenecen al sector más débil en recursos culturales, económicos, emotivos, etc. de toda la población, y no cabe duda que de acuerdo a la orientación política de un gobierno su suerte cambia notablemente. No exagero en absoluto si sostengo que padres e hijos vieron sus vidas negativamente modificadas por las políticas neoliberales de los 90; los padres al quedarse fuera del mercado formal por demasiado tiempo, los hijos porque, a consecuencia de aquellas políticas, pretenden ingresar a un mercado laboral cada día más competitivo, exigente y desregulado. Creo con convicción que en este punto las políticas de reinserción laboral pierden especificidad para tornarse la puerta de entrada a cualquier otra política posible como la de seguridad, salud o educación, más claro, la alternativa cierta de los sectores pobres no puede seguir siendo robar (a los particulares) o rogar (al estado o entidades de beneficencia). Sin empleo e ingresos suficientes una sociedad segura, educada o saludable es simplemente, únicamente, un sueño.
¿Quiénes y a qué venían?
Es fundamental señalar el origen de estos talleres: como resultado de la finalización de los ultramencionados y ultracriticados, planes Jefes y Jefas de hogar; se les ofreció a los beneficiarios la alternativa de pasar al plan familias o al seguro de capacitación y empleo, en el caso de aceptar este último cobrarían 225 pesos por mes durante los primeros 18 meses y 200 los últimos seis meses, debían capacitarse, realizar cursos, aprender saberes formalizados[3] y acercarse a la Oficina de Empleo[4] para seguir cobrando sin problemas el seguro. A su finalización, es decir luego de dos años, los beneficiarios, o buena parte de ellos, debían estar listos para volver a los mercados laborales en la forma tradicional de búsqueda o capacitados para comenzar y/o continuar con un proyecto de autoempleo. A este grupo social fue al que le dicté los talleres del ministerio, las mujeres eran una absoluta mayoría, llegando a ser por lo común el 75 % de los presentes, o más.
Para hablar con propiedad debería decir en verdad grupo estatal, ya que conformaban un grupo sólo por el hecho de ser desocupados que aceptaron el seguro de capacitación y empleo y tenían domicilio en el mismo distrito. Creo que cualquiera podría coincidir conmigo en lo siguiente: la acción estatal los conformó como grupo, lo único que se desprende de tal hecho es la pura estatalidad, esto es, sin que lo hecho sea necesariamente una acción política[5], ni en cuanto a su precisión definicional, ni en lo referente al hecho mismo. Lo enteramente social, lo estadístico, pero también podríamos llamarlo “meramente” social, en este y otros múltiples casos, no es suficiente para conformar una unidad sustantiva, significativa, mucho menos que otorgue visibilidad.
Efectivamente, aunque signifique adelantar una conclusión, si bien todos mis alumnos eran personas pobres, tal universalidad es la única que es lícito inferir, en lo demás la variedad era la característica central: de ideología, de formación, de capital social, de situación económica, de origen social, de origen étnico, de religión, de ascendencia, de profesiones, de saberes, de perspectivas, de visiones de futuro; en definitiva, pluralidad en su más amplia expresión. Pongo de manifiesto esta pluralidad seguramente porque mi prejuicio antes de encontrarme dictando los talleres era que cierto grado de homogeneidad iba a ser la característica central.
¿Por qué venían?
Una primera cuestión que debe figurar en cualquier informe es que la asistencia a los talleres era obligatoria. La convocatoria a veces era suave, medida, haciendo hincapié en la utilidad del taller, otras, en cambio, se configuraba como una verdadera apretada (sino venís te quedás sin plan)-, corría por cuenta de la entidad que me contrataba, la Oficina de Empleo del distrito, sin que los docentes pudiéramos hacer nada para modificar el estado de cosas[6]. El ánimo de algunos de los alumnos, por el efecto del tipo de convocatoria intimidante, no era el deseable, pero, y es un acto de justicia señalarlo, los docentes contábamos en general con la buena onda de la gente, otras, con su resignación.
Los talleres comenzaban con la presentación del docente, luego una explicación básica de lo que se iba a hacer, y a continuación se presentaba cada uno de los asistentes; en lo cuantitativo conformaban un plantel numérico dispar, a veces muy pocos (4 o 5), otras, demasiados (29 o 30). El promedio era alrededor de 12 a 18 personas, a la luz de 10 meses de experiencia puedo valorar que ese número promedio de asistentes también es el ideal para la dinámica de los talleres.
El material de trabajo ideado por el ministerio, me refiero a los manuales, del capacitador y del capacitado, era adecuado, en el caso de ABE, un poco menos, en el caso de OL. Unas de las razones de la inadecuación del material de OL era, digamos así, estructural, porque las características del taller -centrado en las experiencias de vida de los asistentes- ponían la propia disposición de cada uno a participar en un lugar estelar. El taller de ABE era mucho más específico que el de OL, se le daban al asistente herramientas más concretas y objetivas y por lo tanto el desarrollo dependía menos de los participantes y más de los docentes. En definitiva Ayuda a la búsqueda de empleo contiene elementos mucho más visibles para el beneficiario que los que le puede aportar OL, además por la edad de los participantes (mayores en OL, de menor edad en ABE) las intervenciones eran distintas en calidad y cantidad.
En el primer caso, OL, los participantes contaban en muchos casos con dificultades insalvables para llenar las fichas y presentarse; timidez y analfabetismo iban en general de la mano y conformaban un panorama difícil para el taller. También el grado de deterioro emocional era significativo e inocultable en algunos de los asistentes a OL, casi inexpresado en los de ABE. Como señalaba más atrás, este último taller se refería a cuestiones que aquellos que tienen poca experiencia en los mercados laborales valoran especialmente: desde cómo hacer correctamente un curriculum vitae hasta como pararse frente a una entrevista laboral, o redactar una carta de presentación correctamente. En el otro taller, OL, se trataba de hacer pensar a los participantes sobre el futuro laboral personal y hablar del presente y del pasado del mercado laboral en forma reflexiva; a veces era muy difícil realizar este primer logro, buena parte del primer día se consumía en quejas, casi siempre justificadas, de los asistentes hacia la situación política general y la propia en particular. Sobre las quejas será necesario dedicar un párrafo especial.
Este señalamiento no significa en modo alguno una opinión absolutamente crítica sobre los talleres de Orientación Laboral, hablo simplemente del grado de dificultad para integrarse a la temática y a la dinámica grupal de uno y otro taller.
Algunas características particulares de la implementación en el distrito
La obligatoriedad de la capacitación generó una estrategia de balance[7] en dónde lo que importaba en el distrito era ofrecer cursos, vaya paradoja, los carentes de ingresos significaron un aumento notable en el ingreso de otras personas. Se llegó a dar cualquier curso, los que hubiera disponibles o los que podían dictar los amigos del poder local, pero también entraron en esto entidades estatales o privadas. Los cursos muchas veces no estaban relacionados ni con lo que se necesitaba de mano de obra en la zona, ni con lo que podía tener algún tipo de salida laboral. Por poner sólo dos ejemplos que asustan y ofenden, algunas de las asistentes a mis talleres (15, tal vez 20 a lo largo del año) hicieron el curso de Ceremonial y Protocolo, otras, en un número no menor, el de operadoras de electrocardiógrafo, resulta obvio que conseguir un trabajo a partir de tales capacitaciones ya en capital federal sería extremadamente difícil, en el tercer cordón bonaerense, casi, imposible.
El estado nacional además ofrecía viáticos de 50 $ mensuales a los beneficiarios que terminarán la primaria o la secundaria, muchos lo estaban haciendo, -es preciso señalar que varios de ellos con dificultades para el cobro de los viáticos-, otros, aún peor, nunca habían cobrado el plus, sin embargo hay que decir que completar los estudios era una buena iniciativa que muchos tomaban, en algunos casos, estratégicamente (por el dinero mismo), en otros con alegría y orgullo. Los problemas de implementación no nos deben obstaculizar observar la importancia al beneficio, muchas mujeres que su única inserción laboral había sido la limpieza en casas de familia desde muy chicas y hasta avanzada edad y, por lo tanto, les había sido imposible estudiar, lo estaban haciendo actualmente, en parte por el viático y en parte porque no podían anotarse en cursos de capacitación sino tenían la primaria terminada. Como señalé más atrás, la nota distintiva en algunas de ellas era el orgullo por que ya podían leer o escribir. Valoramos aun más esta situación si tenemos en cuenta que en casi todos los talleres de Orientación laboral, hubo siempre entre uno y tres asistentes que no llenaron ninguna de las 4 fichas con las que se trabajaba por no saber leer ni escribir.
Casi todos los cursos se daban en Centros de Formación Profesional estatales que cobraban matrícula, cooperadora o gastos de materiales, a veces desde 25 y hasta 40 pesos por mes. Muchos de los asistentes a mis talleres se quejaban de tal situación, la estrategia de algunos era entonces elegir la capacitación por la gratuidad. Como anécdota graciosa pero valiosa y concluyente respecto de su capacidad de demostración, así me ocurrió una vez, cuando en el momento de las presentaciones una de las asistentes, mayor de 50 años ella, me dice: “por el plan estoy haciendo el curso de guitarra”, ah le digo, ¿te gusta la música? Y me responde, “no, la verdad nunca me interesó, lo hago simplemente porque no me cobran nada y no me joden con las faltas”. En este caso salta a la vista lo antes señalado, la política de balance, pues sólo se puede entender que el municipio autorice un curso de guitarra para desocupados si el que lo da es hijo, nieto o sobrino de alguien. Había otros casos menos obvio pero tan inútiles como aquí, muchas mujeres estudiando peluquería, tal vez 3 o 4 por taller, ¿necesitará este distrito de tantas peluqueras? o reposteras, o artesanas en porcelana fría o cocineras. La pregunta válida que surge es, se planificó de acuerdo a las necesidades distritales y de allí se ofrecieron las capacitaciones de acuerdo a los requerimientos del lugar o simplemente se abrió la oferta de cursos, la respuesta parece quedar, claramente, de este lado.
También recibieron cursos los beneficiarios-desocupados de algunos sindicatos con subsedes en el distrito, en el caso de mi distrito de la UOCRA y del Sindicato de la Alimentación, en ambos casos, con muy buena recepción en los asistentes, muchos inscriptos y además allí se les pagaba un viático mensual, cercano a los 50 $.
Todas estas actividades se daban en el edificio de la Oficina de Empleo creada para esta tarea, atender a los desocupados, capacitar y realizar contactos con los parques industriales zonales para las empresas tomaran preferencialmente desocupados.
Las relaciones sociales
Un párrafo aparte merecen los empleados de la Oficina de Empleo respecto del modo en que atendían a los desocupados. La característica central era la desconfianza, porque partían de un prejuicio que en algunos casos y sólo en esos pocos casos era empíricamente verificable: este tiene laburo y, obviamente, más ingresos, por eso no quiere venir, o no puede, cuando lo convocamos para los talleres o para búsquedas laborales, es un vivo bárbaro y deberíamos suspenderle el plan.
Esta verdad parcial, la de que una parte de los beneficiarios cuenta con otros ingresos, formaba parte del sentido común del administrativo de la oficina de empleo, sentido común compartido con buena parte de la sociedad y, obviamente de la clase media[8] en cuanto a ubicar entre un vivo y un sinvergüenza a alguien que cobra 225 pesos por mes del estado y tiene trabajo o ingresos por otro lado.
Estamos interesados-influidos en lo que Gramsci llamó “origen práctico del error” y una forma de explicar el recorrido es ver como se forma este pobre sentido común. Primero con retazos muy generales de filosofías que se han vuelto normas de vida como una religión o una ideología política, ejemplo aplicable a nuestro caso es el “debe trabajar el hombre para ganarse su pan”[9] colocado en la boca de un personaje mítico como Martín Fierro y repetido acríticamente por generaciones, aunque también es tan antiguo como el bíblico “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.
Luego es útil analizar algunos resultados de la crisis de 2001 y ver un primer momento de legitimidad para la ayuda social y a partir de la recomposición económica de la clase media la pérdida de tal legitimidad. “No quieren trabajar”, “viven del estado y de la dádiva”, “que hagan algo por esa plata, ya quisiera yo ganar 150 $ gratis”, “en mucho lugares no se consiguen ni chicas de limpieza ni albañiles porque les conviene cobrar el plan sin hacer nada”, y toda una serie de afirmaciones calificables como temerarias o desinformadas, cuando no fascistas, respecto de este tema. Uno de los elementos de la realidad más dinámicos que redundan en que buena parte de los que cobran plan no hagan un esfuerzo por dejarlo tiene que ver con la realidad del trabajo informal y como reacción estratégica frente al contrato basura. Ningún actor racional, y se trata aquí de que juzguemos a todos con estos módulos, dejaría un ingreso informal pongamos de 1500 $ con plan incluido, por uno en blanco de 1500 $ también pero sólo asegurado por 5 o 6 meses que es el tiempo promedio que duran los trabajadores por ejemplo de las agencias de seguridad o en los supermercados. El estado nacional debería haber terminado hace tiempo con la flexibilización laboral de los 90 y mucho más con los contratos basura; esta hubiera sido una medida de enorme alcance respecto de la problemática que tratamos.
¿Cómo se forma y cristaliza el preconcepto? En general el prejuicio se consolida a partir de considerar al grupo familiar y sostener que ambos cónyuges cobran plan (550), que hacen changas, que reciben mercadería del estado, que van a comedores y que finalmente viven bien sin trabajar porque son vagos digamos, de alma, o alguna idiotez por el estilo. Recuerdo algún mail derechoso firmado por una indignada señora de clase media que sumaba las propinas obtenidas por un chico en situación de calle lavando parabrisas por 6 horas diarias y le daba un ingreso mensual superior a su hija que se había recibido en la UADE de Licenciada en Administración con promedio de 9.
En el caso de nuestra oficina, pero podría ser dicho de cualquiera de los empleados de las oficinas de empleo del país, consideraban un robo al estado lo que realizaban los beneficiarios, lo decían precisamente ellos que no podrían pasar ninguna (ni la más sencilla o tomada con extrema bonomía) prueba de productividad, con sueldos en promedio de 1400 $, les era imposible atender a más de 8 personas por jornada en un trabajo a media máquina de 5 horas por día.
Para ejemplificar la consideración de los empleados hacia los desocupados es suficiente que relate lo siguiente: en un día caluroso, de más de 32º, teníamos sólo un ventilador para unas 15 personas, entre ellas 2 embarazadas, salí del aula por dos minutos a buscar un nuevo marcador y cuando volví uno de los empleados de la Oficina de Empleo se había llevado para su oficina el ventilador dejándonos sin aire, esa es la consideración en que el empleado de la oficina tiene en general al desocupado.
Algo más sobre la convocatoria
Uno de los problemas recurrentes era la convocatoria que como señalé antes oscilaba entre el apriete y el desinterés, sin lograr un punto medio. Lo que complicaba en muchos casos aún más la asistencia era que muchos de los beneficiarios eran parte de estructuras políticas clientelares descentralizadas y había que primero reunir información sobre de quién [10] era tal beneficiario y luego pasar por el visto bueno de la autoridad de origen (cacique político) para que la convocatoria se concretara en asistencia. De hecho, como nota fuerte pero simpática, no era raro que se presentara alguien antes del comienzo del taller diciendo “ profe , yo soy de tal…,hace falta que me quede para que me den el presente? Recordemos que tanto OL (orientación laboral) como ABE (ayuda a la búsqueda de empleo) se desarrollaban durante 2 días, con una duración promedio de 3 horas, y para tener el presente había que asistir los dos días.
La duración prevista para OL era de 4 horas reloj, un verdadero despropósito, en nuestra experiencia cada grupo presentaba características distintas y de acuerdo a eso la cantidad de tiempo de cada taller, e incluso los temas o actividades que entraban para el 1º o 2º día. En OL el momento de la presentación personal, si el grupo era numeroso, se devoraba buena parte del primer día, sino lo era, y era muy pequeño, el riesgo era el contrario, es decir que el primer día tuviera una duración de no más de 2.30 horas. ABE era mucho más sencillo para realizar y calcular, salvo cuando tuve grupos demasiado grandes, todos los temas podían ser tocados y tratados en profundidad con 2.40 horas de cada día.
Sobre las quejas de los asistentes
“Dígale a Cristina que nosotros la votamos y ella se ha olvidado de los pobres”; “¿de verdad usted me quiere hacer creer que lo que yo diga acá es libre y no le llega al intendente o al secretario de gobierno?, ¿y a Usted, quién lo puso? Una de la estrategias de relación que rápidamente utilicé (no sólo estrategia sino también en gran parte, realidad) fue mostrar que no tenía una relación formal con el gobierno nacional, “no soy del ministerio y si la veo a Cristina le agrego a lo de ustedes, lo mío, y tampoco pertenezco al municipio, soy de Villa Crespo y me paga la UBA así que pueden decir los que les parece del intendente o de sus funcionarios”. En no pocos casos, al comienzo de los talleres, la sensación de los asistentes era del tipo “Gran Hermano”, todo puede ser escuchado y tener como resultado que me den de baja el plan. Situación dolorosa y difícil para el docente que siente la desconfianza y tiene que remontar el recorrido del taller; no se trata de una cuestión simplemente moral (del tipo no quiero pasar por agente encubierto[11] del gobierno o del municipio), sino que es absolutamente necesario para cualquier relación docente-alumno que se genere confianza, una vez logrado esto estaba claro que el 2º día era el mejor.
No era el único tipo de quejas, tanto en OL como en ABE el docente debe hablar sobre las características del mercado laboral actual, y entre otras cosas, señalar que, digamos, objetivamente, han aumentado los requisitos de capacitación y que, entre otras características, los adelantos tecnológicos destruyen empleo. Al llegar a esta parte la reacción era en general indignada, ¿y a usted le parece que eso está bien? era la pregunta generalizada. En el curso de ABE cobraba cierto dramatismo afirmar casi quirúrgicamente que habían aumentado los requisitos, teniendo en cuenta que de cada 10 chicas, 5 o 6 tenían secundario completo y algún curso (computación, incluso inglés) más y sólo habían trabajado en limpieza, aquí la teoría del “Capital Social” se ajusta perfectamente a la realidad. Los asistentes a ambos cursos tenían fuertes críticas respecto de la labor de la Oficina de Empleo, en primer lugar, al erigirse en la representante del estado más inmediatamente cercana a ellos, sentían, precisamente, que las autoridades políticas hacían poco y nada para conseguirles trabajo[12].
En OL la indignación surgía contra los requisitos referidos a la edad, “profe no hay avisos para mayores de 40 años ¿de qué voy a trabajar?, además cuando se planteaba la alternativa de reconvertirse, de pensar una salida laboral de autoempleo a partir los cursos de capacitación que se habían hecho, la reacción era de descreimiento, o de angustia e impotencia, “se hacer souvenirs, comida o prendas (tejidas, de confección) ¿adónde las voy a vender?, yo trabajé siempre en limpieza, no soy vendedora, ni cuentapropista, yo lo que quiero es un trabajo con sueldo”.
Cuestión de alternativas
¿Pretende el ministerio que todos –o un número significativo de ellos- los beneficiarios de planes sociales se transformen en microemprendedores? Estoy seguro que no; sin embargo a partir de diversos planes, como el “manos a la obra” o el “pago único”, se ha intentado un camino en ese sentido – en el sentido del autoempleo- y mi experiencia en los talleres indica que sólo un número muy pequeño de beneficiarios de planes sociales estarían en condiciones de transformarse en microemprendedores. En los talleres de OL cuando presentaba esta alternativa, o cuando les contaba de la posibilidad del “pago único” ,algunos interesados en comprar una máquina o en fabricar o hacer algo, me preguntaban, ¿sólo o asociado?, cuando conocían el requisito de asociación lo rechazaban, incluso hasta se enojaban, y cual si fuera una verdad bíblica, la mayoría de los asistentes sostenían que las sociedades funcionan mal, apoyándose en dichos como “mejor sólo que mal acompañado” o “el buey sólo bien se lame” o el más sofisticado “si hacés una sociedad con una amigo o familiar, después perdés la sociedad y el familiar o amigo” He aquí una limitación cultural importante , el asociacionismo no se implanta por injerto, pero es parte fundamental de la cultura política de un país. Sobre su significación democrática y de iniciativa basta con releer un libro central de la sociología y la política como “La democracia en América” de Alexis de Tocqueville, allí el autor sostiene que asociarse es de carácter constitutivo para las democracias, ya sea como escuelas de participación o para que los hombres hagan juntos lo que no podrían hacer separados. En nuestro municipio los proyectos preferidos por los beneficiarios eran en solitario, la mayoría consideraba una pesada carga, cuando no una burla, el proyecto societario, inclusive, luego de un arduo debate en el taller y cuando surgía que era obvio que 3 o 4 de ellas cocían, hacían ropa o tejían y podían potenciar el negocio asociándose, la negativa se repetía, ya sin más argumentos que “un vecino, amigo, pariente, que yo conozco se asoció y le, fue mal “ o aun peor “si es con otro, no me interesa”.
Las historias de vida y las expectativas
Hablé al principio de la pluralidad entre los asistentes, veamos: tuve, desde un relojero que tuvo 3 sucursales propias en zona norte y ahora quería ser entrenador de atletismo, hasta un caddie que en tiempos de trabajo sus ingresos mensuales superaban los 3000 pesos, o una niñera que conocía Paris, Roma y veraneaba en Punta del Este, hasta una mujer de 57 años que jamás trabajó fuera de su casa y tenía dos propiedades alquiladas. Desde ya estos casos no conformaban la normalidad de los asistentes, pero tampoco podría asegurarse que sus historias eran excepcionales. Entre mis alumnos la postulación respecto a la pauperización de un sector importante de la clase media a partir de 2001 era absolutamente certera.
¿Cuál era entonces el tipo ideal de asistente, el caso típico? Hablamos de una mujer de entre 45 (también de mucho menos) y 64 años, con primaria incompleta o analfabeta, que trabajó (o todavía hoy hace algunas changas) en casas de familia y que ya no consigue con continuidad por la edad o por que tiene problemas de salud importantes. Para brindar un indicador numérico digamos que en todos los talleres había por lo menos 3 o 4 de estos casos. Recordemos también que para poder asistir a las capacitaciones en los centros estatales pedían certificado de primaria o saber leer y escribir bien, lo que en ambos casos les cerraba la posibilidad de capacitarse. Tuve pocos asistentes varones pero entre ellos esta historia se repetía en lo referente a problemas de salud, edad y semi o analfabetismo, el rubro cambiaba, limpieza para las mujeres, construcción para los varones.
En un momento del taller de OL (orientación laboral) el docente induce a pensar en el futuro laboral, tarea muchas veces difícil, incluso para los más jóvenes por motivos diversos [13], las mujeres más grandes decían “profe mi proyecto es jubilarme, ya laburé demasiado, además quién me va a tomar a los 59 años (el número podemos reemplazarlo desde 55 y hasta 64)”; las capacitaciones recibidas o los estudios completados tenían una función de integración social, casi como desarrollar un hobby, o despuntar un viejo anhelo, pero es insensato pensar que mujeres de esa edad van a reconvertirse e insertarse en el mercado laboral como cuentapropistas, la verdadera opción, todos lo deberíamos saber, es una jubilación adelantada, si además esa persona quiere hacer algo en la casa , mejor, pero no hay espacio real para otra proyección más que esa. Sospecho que muchas de las medidas necesarias, realistas sobre estos temas no se han tomado porque el sentido común de las clases medias no las soportaría. Los mismo podría decirse del tema inseguridad, pensemos en el siguiente planteo, suben los asaltos con violencia, la alternativa realista es ¿bajar la pena a los sin violencia o subirlas a los con violencia? Promocionar el delito no violento o insistir con el aumento de penas que ya ha fracasado y vuelto a fracasar. Intentar reinsertar en el marcado a las/los que tienen entre 55 y 64 es sacarles puestos de trabajo a los jóvenes que son los que tiene capacidad de dañar y de hacerse daño, la jubilación anticipada es la solución. Todo lo que se gasta en política social se ahorra en otros rubros estatales, evitar la marginalidad y promover la integración es la única tarea política real.
[1] Plantea ya el título un problema, ¿son beneficiarios de planes sociales o desocupados, o subocupados?, a lo largo de la reflexión prometo elegir una palabra para definirlos. Además beneficiario se parece demasiado a beneficiado.
[2] Relacionado con el sistema de “Pago único”, es decir la posibilidad del beneficiario de pedir lo que le restaba de plan en un solo pago para la compra de máquinas o de insumos.
[3] Obtener el título era lo que valía de allí la calificación de “formalizado”. Lo importante no era si el beneficiario había aprendido algo, sino si tenía el certificado
[4] Organismo creado ad hoc y que recibe fondos ministeriales para algunas de sus funciones, en muchísimas municipalidades del país. El fin, acrecentar las oportunidades de reinsertarse de los beneficiarios de planes sociales a partir de capacitaciones y convenios con el sector privado de cada localidad para que se les de preferencia.
[5] Prometo profundizar la cuestión más adelante partiendo de una convicción: no todo lo que hace el estado es político. La pura administración, también lo que últimamente en teoría política se llama “policía”, “gestión”, “demanda democrática”, a veces es, incluso, lo contrario de lo político.
[6] La convocatoria se hacía telefónicamente en días y horarios en que no estábamos los docentes.
[7] Le llamo de tal manera haciendo referencia a la economía soviética, en donde importaba más fabricar los 5000 tractores que el partido comunista se había autoimpuesto como meta que saber sin funcionaban o eran apropiados para la producción.
[8] En el conflicto gobierno-campo, el sector del campo reclamaba para sí un mayor grado de legitimidad ya que los que iban a actos del gobierno cobraban “planes sociales”. Los periodistas perdiendo toda objetividad sostenían que la gente que fue a Rosario o a Palermo no era “llevada” sino que concurría “por sus propios medios”. Cobrar planes sociales se transformó casi en una declaración de culpabilidad, para la clase media.
[9] Unos de los consejos más conocidos de Martín Fierro.
[10] Es necesario hacer más adelante alguna consideración sobre las prácticas clientelares, sin embargo a los fines de la presentación y de la coherencia en el relato doy por natural y sobreentendida una expresión tal como “de quién” era una persona.
[11] Coloquialmente, buchón.
[12] Sobre esto también dedicaré un párrafo más adelante.
[13] Reitero, pues no es algo menor, que en los cursos de ABE las chicas tenían entre 20 y 35 años y en muchos casos con secundario completo y cursos de capacitación en ingles o computación. Cuando contaban su trayectoria laboral saltaba a la vista que sólo habían conseguido en limpieza. Es más, muchas de ellas tenían el “sueño” de trabajar en una fábrica. Surge como necesario citar al gran Florestán Fernándes cuando afirmaba que en Latinoamérica, cosa que no ocurría en Europa, existía el privilegio de ser obrero-explotado. Esto para reafirmar que a nadie le gusta especialmente trabajar en una fábrica pero los sueldos de convenio, trabajar en blanco y tener derechos laborales es una oferta que al lado de la informalidad de ser la “muchacha” se torna un verdadero “sueño”.


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