Capítulo 1
Política es inclusión social
Perón realizó en diez años lo que otros gobernantes no hicieron en cien años. Es menester reconocer que en la legislación social, en el reconocimiento de derechos y dignidad en el trato de los pobres (desheredados o descamisados) llevó los hechos a mucho más lejos de lo que preconizaron sus antecesores y opositores sin que lo realizasen.
Ezequiel Martínez Estrada
La política como forma de inclusión social
Hay que concebir al hombre como un bloque histórico de elementos puramente individuales y subjetivos, y de elementos de masa y objetivos o materiales, con los cuales el individuo se halla en relación activa.
Antonio Gramsci.
La historia de la política moderna podría ser vista legítimamente como un proceso racional de inclusión social y de creación de nuevos derechos. La brillante filósofa alemana Hannah Arendt afirmaba que el principal concepto que ha instalado la modernidad política es que el hombre tiene “derecho a tener derechos”. Cabe sostener entonces que es apropiado juzgar un proyecto político por su capacidad de inclusión social, por la cantidad y calidad de los nuevos derechos que genera. Lo contrario también es cierto: si un proyecto político margina amplios sectores de la población y destruye derechos existentes, es entonces irracional, no contribuye al desarrollo del espíritu humano y por lo tanto es inútil y anacrónico.
Nos parece oportuno reafirmarlo: los sistemas deben estar al servicio del hombre y, en modo alguno el hombre al servicio de los sistemas. Si escuchamos a un economista afirmar que los indicadores macroeconómicos señalan que el país “en general va bien” a pesar de tener un 20 % de desempleo, no caben dudas de que tal postulación se realiza desde una concepción ideológica que se presenta como “puramente técnica” pero que es realidad elitista y antipopular. Los que nos reivindicamos como pertenecientes al “campo popular” debemos dar el debate político y lograr junto a la gente rearmar, reordenar la expresión. El país no va bien porque tiene un 20 % de desempleo y nada más, aunque los indicadores macroeconómicos señalen que algunas variables mejoran. Este es el verdadero orden de prioridades.
En la primera formulación se nos miente profundamente. Se parte de pensar en un país inexistente en donde cabría separar desempeño macroeconómico y calidad de vida. Para nosotros, con altos niveles de desocupación no hay posibilidad de emplear la expresión “aceptable calidad de vida”. No es casualidad que los nuevos indicadores elegidos por la ONU juzguen el llamado “desarrollo humano” tomando en cuenta múltiples variables y no como se hacía en el pasado únicamente con el “producto bruto per cápita” que se estructuraba a partir de un ilusorio reparto igualitario del producto nacional bruto entre todos los habitantes, inexistente en los hechos.
Acceso a la educación, a la vivienda, a la salud, justicia rápida, eficiente y equitativa, acceso a las nuevas tecnologías, esperanza de vida al nacer, son variables que junto a otras forman un conglomerado inseparable en el concepto de desarrollo humano; ni hablar del empleo y la alimentación. Pretender resaltar el crecimiento de variables económicas “puras”, por así decirlo, lleva a una trampa: justificar la existencia de países ricos con mayoría de ciudadanos pobres. Esto podía ser aceptado en 1780 con el capitalismo europeo en formación. El estado de conciencia que hoy ha alcanzado la humanidad no permite tales afirmaciones. Países ricos y habitantes pobres es un rasgo propio de formaciones políticas atrasadas en donde la ciudadanía es un mero concepto, y el acceso pleno a ella forma parte de lo fantástico. Nadie quiere vivir en un país así.
Comenzamos el libro comentando la paradoja que significa nuestro rol de país, en el pasado, receptor y ahora productor de “migrantes del hambre”. Es que un lamentable esquema bipolar en lo social no puede menos que producir exiliados económicos. La conformidad con un esquema de polarización social es característica de lugares en donde predominan mentalidades reaccionarias. Los poderosos creyéndose elegidos “por la gracia de Dios” y los pobres legitimando una vida de privaciones. Ante ese panorama el exilio, buscando un mejor futuro, es sin duda una alternativa racional pues la aceptación de tal situación como un destino mostraría en realidad un nivel de naturalización de la pobreza verdaderamente inaceptable.
Nuestros compatriotas emigrantes muestran que rechazan la decadencia y tienen en sus recuerdos tiempos mejores en donde la dignidad del hombre era el norte de la acción política. Su partida significa, entre otras cosas, afirmación de la propia condición humana y rechazo de un modelo político de exclusión social. Si observamos nuestro país con objetividad o si hacemos caso de la mirada de los extranjeros, o apelamos a estadísticas históricas comparativas, se hace inocultable la desaparición de la clase media junto con la pauperización absoluta de los sectores obreros. De todo esto es precisamente de lo que se huye.
La pobreza y la marginación no son naturales
Con su conocido placer por la tergiversación de citas el ex presidente Menem señalaba que “siempre habrá pobres entre ustedes”. Ante las requisitorias periodísticas sobre la pobreza estructural creada por su administración respondía con la tergiversación de una idea que se encuentra repetidas veces (expresada en un contexto de justificación completamente distinto) tanto en el nuevo como en el viejo testamento. Traer esta idea a colación era manifestarse a favor del quietismo, del conservadurismo y de la polarización social. Es más, significaba que en su imaginario lo importante era mejorar las posibilidades de acumular riquezas para los más favorecidos, pues pobres siempre iba a haber.
Si una de las hipótesis que guía este libro es cierta, a saber -que el neoliberalismo sigue siendo la ideología que estructura la conciencia política de buena parte de la clase dirigente- no puede extrañar que muchas de las soluciones propuestas hasta ahora -y de las críticas hacia la actual administración del país- tengan por inspiración fundamental la creencia en la polarización social como hecho inevitable, como un dato fundamental del mercado. Y si bien es cierto que dentro del reparto del producto habrá más y menos favorecidos, este reconocimiento no comporta en modo alguno la aceptación o justificación de la pobreza estructural y de la marginación social. La diferencia cae dentro del orden del sentido común, no es lo mismo un pobre de Estocolmo( Suecia) que un pobre de Orán (Salta).
En la primera situación es lícito hablar de pobreza sólo dentro de un marco interno comparativo. Es decir, en el altísimo nivel de vida de la equitativa sociedad sueca hay gente que tiene menos de lo máximo, pero, a no dudarlo, tiene asegurado para toda la vida el mínimo necesario de lo básico. Es una pobreza digna y con esperanza (para nosotros los argentinos sería imposible reconocerla como pobreza) y posibilidades reales de salir prontamente de esa situación. La otra, la pobreza tercermundista, es una condena que se cierne sobre esa familia y sus descendientes envueltos en una estructura que los margina y les ofrece como única respuesta la desesperación.
Debemos reafirmarlo: no estamos condenados a la polarización de los sectores sociales y mucho menos a la pobreza creciente y a la marginación, ellas no son el producto necesario de la globalización. Tal resultado es la obra premeditada y calculada de un sector de la dirigencia argentina provisto de una ideología específica: el neoliberalismo y su correlato popularizado llamado “teoría del derrame”. Lo único que se ha derramado, por cierto en forma incontrolable es pobreza y marginación. Es tiempo de nuevas teorías, pero más aún, es tiempo de que los que aspiran a ser dirigentes sean claros en sus expresiones. O están por un diseño político que tiene al hombre y a la solidaridad social por centro, o están abocados a la tarea de continuar con lo mismo: algún éxito en los balances anuales que aplaudirán los organismos internacionales de crédito y que comportan más pobreza y marginación para toda la sociedad.
Los nuevos marginados
En las encuestas de opinión surge como evidente que los temas que más preocupan a los argentinos son el desempleo y la inseguridad. No puede ser casual este orden de prioridades, creemos que todos entendemos que con estos niveles de desempleo la seguridad plena es una utopía. Todos podemos observar la relación directamente proporcional entre marginalidad y delito, aunque en el discurso de la derecha se quiera responsabilizar al actual gobierno de la inseguridad a partir de una supuesta carencia de autoridad o inexperiencia en el manejo del tema.
Para algunos la solución es simplemente represiva y debe ser enfocada únicamente en ese aspecto: crear más cárceles, aumentar los recursos disponibles para las fuerzas de seguridad, agilizar la justicia y modificar leyes, tornándolas más duras.¡ Que tremenda desilusión nos llevaríamos como sociedad si luego de optimizado así el aparato represivo los niveles de seguridad no sólo no descienden sino que aumentan¡ Pensamos que si no somos capaces de entender la relación directa entre marginalidad y delito difícilmente resolvamos una situación que cada día se hace más explosiva. Utilizamos esta expresión porque de qué otra manera se puede calificar lo que sucede en varias ciudades argentinas en donde los vecinos se arman para autodefenderse. La idea de comunidad se ha desdibujado, estamos más cerca de ver al otro como un competidor o como una amenaza, que de imaginar con él una nueva forma de comunicación impregnada de solidaridad y de respeto por el ser humano.
El neoliberalismo reinante en los 90 como concepto regulador de las relaciones sociales nos ha sumergido en el más crudo individualismo. No se trata del sano y positivo desarrollo de la propia personalidad o de la justa elección para trazar el plan de vida deseado. Estamos ante una pobre concepción de la sociedad como la suma aritmética de los individuos que la componen, lo social aparece como fruto del azar o de la conjunción momentánea de intereses egoístas. En su versión más dramática esta forma de ver las cosas sitúa al individuo enfrentado a la sociedad. El filósofo inglés Thomas Hobbes (siglo XVII) sostenía que bajo ciertas condiciones “el hombre era el lobo del hombre”. Para el pensador británico lo político originaba lo social, vale decir que antes del o sin el Estado no había sociedad sino “guerra de todos contra todos”. No creemos haber llegado a un grado de descomposición similar al que repudiaba Hobbes, pero el riesgo de destrucción del entramado social es siempre riesgo presente cuando el individualismo competitivo y egoísta es el concepto que rige a las relaciones humanas.
Vamos a presentar en este libro un diseño político. Debido a la ausencia de nuevas expresiones fácilmente reconocibles hablamos de un “proyecto nacional”. Pero esto no significa que quienes no adhieran a nuestra visión política son “antinacionales”. Sí estamos plenamente convencidos que el liberalismo que hemos conocido en los 90 ha agotado sus capacidades de explicación, solución y gestión de los problemas argentinos. Está en nuestro horizonte de pensamiento la inclusión social como máximo objetivo, de allí que promovemos el diálogo con todos los sectores para la búsqueda de consensos que permitan mejorar sustancialmente el reparto del producto, la calidad institucional, la seguridad colectiva, la calidad de vida, la salud, la educación y la justicia.
Consideramos que nadie debe ser excluido a priori del debate pero estamos convencidos de que es tiempo de cambios y no de repeticiones o de profundizaciones. “Más de lo mismo” ya no es una alternativa válida, nuestras convicciones se distancian profundamente de la ideología del libre mercado. Para nosotros el Estado está llamado a tener un rol central en la recuperación argentina y promovemos la solidaridad social que concebimos como un valor irrenunciable. El hombre es la medida de todas las cosas y con ese convencimiento presentamos nuestras ideas a la sociedad argentina.
lunes, enero 14
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1 comentario:
hola Licenciado!
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