Nadie mira el nacional B
Hay merito menguado en el éxito alcanzado contando con múltiples talentos. Es más, parece que no hay de que alegrarse si se triunfa teniendo amplias capacidades. La historia recuerda a David no a Goliath. Los historiadores han escogido de millones de peleas en donde, obviamente, ganaron los grandotes, ese maravilloso día cuando un alfeñique triunfó sobre un gigante. Goliat tenía todo que perder y nada para ganar. Tal vez por eso los superdotados sólo hablan con sus iguales, aprendieron la lección. No sólo ellos sacaron conclusiones, también salieron beneficiados los pequeños: desde ese día recorre el mundo el mito de que “los grandotes son los que hacen más ruido al caer”. Más de un pequeño le ha dado sentido a su vida esperando ese gran día, ese ansiado combate en donde las condiciones y capacidades no sean el elemento decisivo. La política misma podría ser vista como un ejemplo de esta pelea histórica, de este anhelo.
¿ Cómo ganó el pequeño? (¿importa el cómo?) David rompió las reglas existentes que, obviamente, favorecían a los más capaces. Peleó desde larga distancia, nunca podría haber ganado enfrentándose cara a cara con Goliat. De allí podemos sacar un corolario, no podemos competir en igualdad de reglas cuando no hay igualdad de condiciones, se trata del viejo ¿ sabes que le pasa al que hace trampa? ¿ qué?, gana. A veces leyendo los suplementos deportivos de los domingos me enojo mucho con los periodistas. Dicen cosas como “ el Getafe salió a defenderse en su partido frente al Barcelona en el partido de hoy jugado en el Camp Nou” o “ Instituto no salió a jugarle el partido de igual a igual a River en el Monumental”. Como si esto fuera posible, parece que ignoraran que un triunfo o un empate de estos modesto equipos frente a los superclubes significaría un hecho histórico, inolvidable para sus hinchas. Si todo esto es cierto, y creo que lo es, uso el condicional sólo por cumplir un formalismo, la alegría es privativa de los mediocres, de los medianamente dotados. No me imagino ni a los jugadores ni a los hinchas de River o Barcelona festejando locamente el triunfo frente a Almagro o al Getafe, mucho menos a Goliat emocionado por haber matado a un pequeño y joven pastor judío. Los gigantes tienen la obligación de ganar, los chicos, únicamente de soñar. Los grandes tendrán la obligación de explicar qué pasó, por qué no golearon, los pequeños vivirán reviviendo en historias cada vez más heroicas ese maravilloso día.
Se trata de un tema complejo en donde deberíamos hacer varias advertencias, fundamentalmente evitar el subjetivismo y mantenernos en el difícil terreno de la consideración mayoritaria. En la página web del equipo de mis amores, el glorioso Nueva Chicago, se lee: “ grandes hay 5, gigantes uno sólo, Chicago”. La interpretación correcta de esta afirmación es: no somos grandes pero amamos en forma gigante al verdeynegro, en eso somos gigantes, nuestro amor ha Chicago, nuestro deseo es muy superior al de los hinchas de los equipos grandes. Sin embargo la vida no es una religión: el que mas ama o más cree no es el que va al cielo. Puedo desear ser un gran guitarrista como Jimmy Hendrix o Paco de Lucía y para lograrlo tocar 12 horas por día durante años yendo a los mejores profesores, tal vez sólo consiga ser un correcto acompañante o un músico más. La genialidad busca a su hombre, los demás andamos solos por la vida guiados por nuestros sueños.
miércoles, enero 2
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