Capítulo 14
La recuperación del estado
Es preciso dejar de oponer retóricamente el poder de las mayorías a los derechos de las minorías. No existe democracia si una y otra no son respetadas. La democracia es el régimen en que la mayoría reconoce el derecho de las minorías dado que acepta que la mayoría de hoy puede ser la minoría de mañana y se somete a una ley que representará intereses diferentes a los suyos pero no le negará el ejercicio de sus derechos fundamentales.
Alain Touraine
Características de un cambio ideológico
Nadie escapa a la razón política, porque ésta es la que domina a las demás. No hay economía, ni tampoco orden social sin política.
Juan Domingo Perón
Hemos aprendido, a través del análisis de Carl Schmitt sobre la polemicidad y ambigüedad de los términos políticos, ellos llevan incorporados una falta de objetividad inherente. Sin embargo en la lucha política diaria olvidamos presentar siempre ese carácter subjetivo, ideológico, y discutimos sobre un supuesto fondo de verdad o de acuerdo general aquello que es, de suyo, subjetivo e ideológico. Algo de esto pasó en los años del éxito menemista con la expresión “seguridad jurídica”.
El liberalismo se apropió de la expresión “seguridad jurídica” y le dio el significado pretendidamente inequívoco de que la modificación de una coma al texto de los contratos con las empresas privatizadas ocasionaría una catarata de juicios al Estado y la fuga en masa de todas las empresas internacionales radicadas en la Argentina. Había que asegurar por contrato las ganancias extraordinarias de las empresas, había que cumplir con celo absoluto las recomendaciones de los organismos de crédito internacional y había que destruir toda huella del viejo derecho laboral argentino que pasó a llamarse “costo argentino”. No era inseguridad jurídica la que padecían los trabajadores con la precarización laboral y la proliferación de los “contratos basura”, sí lo era el intento de los particulares por cobrar una indemnización ante la falta reiterada del servicio de luz provisto por la empresa EDESUR.
No queremos profundizar esta discusión sólo traemos a colación algunos ejemplos que siguen indicando aquello que es una de nuestras hipótesis, la notable victoria ideológica que obtuvo el neoliberalismo menemista. Tampoco se trata de “pegarle“ al menemismo por una actitud reivindicativa o revanchista, lo que queremos establecer es que buena parte de la sociedad argentina continúa juzgando la realidad con los módulos propios de la ideología liberal. Esto se torna peligroso e injusto cuando estamos ante la presencia de una administración, como la que conduce el presidente Kirchner, que pretende dirigir el país desde una ideología del todo diferente. Fracaso y éxito son términos que aplicados a la política tienen una carga de vaguedad notable.
Menem continúa diciendo que su gobierno fue el más exitoso de la historia y algunos juzgan como fracaso la ejemplar administración de Humberto Illia. Creemos que debemos tomar en serio los objetivos generales declamados por los presidentes al asumir, esos deben ser los módulos de juicio. Parece una verdad de Perogrullo pero, si los objetivos políticos son distintos, las cuestiones a valorar también deben serlo. Si el objetivo de Menem hubiera sido la inclusión social, debería suicidarse, pero como estaba claro que su objetivo era acrecentar la generación y acumulación de riqueza en el sector más alto de la pirámide social, en ese sentido se puede decir que fue exitoso.
Pero aun esto es insuficiente, en la medida que su accionar político estuvo destinado al objetivo antes señalado, deberíamos dar por descontado que los éxitos en ese camino son más fáciles y rápidos de alcanzar. Realizar la agenda de los poderosos mediante el Estado es mucho más fácil que recolocar al Estado como mediador del conflicto social, como regulador de un debate que aún no tiene ganador decidido, ésa -nos parece- es la visión que intenta llevar adelante la administración Kirchner que intentaremos explicar en el siguiente punto.
La reinstalación del Estado como mediador del conflicto social
Un poder débil es un poder muerto. Hay la debilidad que está relacionada con la falta de voluntad, y la otra, mucho más frecuente, ligada a la falta de medios.
Jean Baechler
El menemismo promovió y logró la desentronización del Estado. No nos cabe duda que la acción política del presidente Kirchner está orientada a lograr la reinstalación del Estado como mediador del conflicto social. No se trata de un modelo de inversión sino de superación. Pero tal acción, la superación de un modo político de organización, depende de la instalación cultural de un nuevo modelo de legitimidad. La legitimidad menemista proponía un horizonte valorativo enclavado en el éxito individual desprovisto de consideraciones éticas. Diez años de esa legitimidad han conformado muchas conciencias y reemplazar ese paradigma no parece una tarea fácil. Sobre todo si profundizamos sobre el grado de incrustación en la conciencia colectiva de las “verdades” neoliberales. La ideología liberal se desplegó completamente en la argentina menemista, la solución a los problemas generados por ese despliegue pasa, necesariamente, por una discusión constante a esos postulados.
A lo largo de libro hemos realizado una cantidad de críticas al modelo liberal “puro”, por supuesto que no ha sido nuestra intención dar un debate en términos teóricos al liberalismo. Lo que queremos poner de manifiesto es que ciertas puntualizaciones críticas fueron absolutamente necesarias porque el liberalismo menemista llevó a la práctica un “fundamentalismo de mercado”. Y a pesar de que no han existido ni pueden existir gobiernos que lleven adelante un liberalismo “puro”, estamos seguros que en Argentina vivimos la expresión más extrema de neoliberalismo ideológico. La “ola” neoliberal de los 90 en el mundo no tuvo similares resultados en su aplicación: en algunos países apenas trastocó su modelo clásico de organización social (Alemania), en otros significó una adecuación oportunista a un nuevo sistema internacional. Pero en Argentina se concretó la desentronización del Estado como gestor de lo social, su desguazamiento, y la profundización inaudita de la exclusión social. Menem y Cavallo fueron más adelante que nadie en esto de las reformas estructurales, eran los “mejores alumnos” de los organismos de crédito internacionales, los más “convencidamente” ideológicos, en un mundo pragmático.
Estamos en otra década y las formas de pensar están cambiando, muchos se suben a esta “nueva ola”. Con un grado de oportunismo que impacta los medios de comunicación ahora nos informan que Argentina privatizó servicios como el Correo o la radarización del espacio aéreo que, salvo en contados países bananeros, en el resto del mundo permanecen en manos del Estado. Decimos “un grado de oportunismo que impacta” porque, si tenían esa información en los 90, ¿por qué no la hicieron pública? Con este ocultamiento colaboraron a hacer sentir o percibir como normal hechos que con información comparada nos hubieran ubicado respecto del fundamentalismo de mercado menemista.
Sosteníamos en el capítulo 3 que los medios de comunicación también fueron ultraliberales, ¿cómo no serlo? si se les entregó la posibilidad, también restringida en el mundo civilizado, de construir gigantescos multimedios de alcance nacional. Ya en el siglo XIX Alexis de Toqceville advertía sobre la incompatibilidad entre democracia y concentración de los medios informativos. Callar a los posibles opositores por medio de concederles buenos negocios fue otro de los dispositivos de acumulación de poder del menemismo. Todo el que tenía responsabilidades directivas en el Estado, o en las empresas, era tentado (muchos ni siquiera fueron tentados sino que hicieron notables esfuerzos para “pertenecer”) a integrar esta nefasta cooperativa. La lógica de la “banda” desplazó a la ética pública, quien no accedía a los símbolos del poder de la época (casas en countries, veraneos en Punta del Este, automóviles importados, mujeres jóvenes y del espectáculo, aviones privados, etc.) era un potencial “socio” si podía insertarse, o un “fracasado” si lo rechazaba.
La década del 90 nos dio libertad en todo sentido, y si, como creemos, libertad es siempre “libertad para”, el espíritu de época nos habilitó la posibilidad de tener libertad para ser banales, para corrompernos, para ser cholulos, para ser cretinos, para ser cínicos, para el consumismo irreflexivo; en definitiva el viejo lema liberal “vicios privados, virtudes públicas” convertido en el centro de la organización social y política.
La administración Kirchner
Los primeros seis meses de la administración Kirchner tuvieron como resultado un reacomodamiento ideológico abrupto de buena parte de la sociedad argentina. Como nos tomamos en serio las ideologías festejamos las acciones promovidas desde el gobierno. Era necesario salir del paradigma liberal, la dirección política del Estado debía abandonar el rol subsidiario que se le había adjudicado durante los 90. Coherentemente se le criticó al presidente que era “demasiado” ideológico -decimos coherentemente a la luz de nuestra hipótesis: en un país conformado ideológicamente por el liberalismo, no resultaba en absoluto extraño que la aparición de una nueva ideología provocara tensiones-.
La política conforma el sentido común y era perfectamente entendible que, acostumbrados durante diez años a la ausencia de debate y a una concepción de la gestión como genuflexión constante frente a los poderosos, una parte de la opinión pública deplorara que Kirchner abriera “muchos” frentes de combate. Los medios de comunicación y la dirigencia se preguntaban: ¿Para qué se pelea con las empresas privatizadas? ¿Por qué volvía a abrir el debate sobre la represión en los setenta? ¿Por qué no arreglaba rápidamente con los organismos multilaterales de crédito? ¿Por qué pretende reponer el criterio de autoridad presidencial? ¿Para qué se desgasta intentando modificar la corte suprema?
Para nosotros la respuesta es obvia: los argentinos nos habíamos acostumbrado a una concepción de lo político acotada al acompañamiento y ratificación de los intereses de los poderosos. El mercado decide y la dirigencia acompaña, ese es el concepto que Kirchner intenta destruir. El Estado ha sido recolocado en el centro de la escena política. Surge como evidente que se lo quiere refundar como mediador del conflicto social. Ya no hay un resultado asegurado como en tiempos del menemismo. El Presidente Kirchner intenta llevar adelante una transformación del Estado y de la sociedad y nosotros estamos ideológicamente convencidos de la necesidad de esa transformación, desde Salta y para toda la Argentina.
lunes, enero 14
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