Del descenso se vuelve, de la muerte, no
Hoy se jugaba un partido clásico, con el agregado de que se trataba de una instancia final. La pasión del hincha se podía expresar de las formas más extremas, el llanto por la derrota o la alegría incontenible, que también puede ser llanto, por el triunfo. La pasión tiene esos claros límites, pasar de ahí es enfermedad, y si se trata de muchos, enfermedad social. Como hinchas de Chicago lo primero que tenemos que hacer es expresarle nuestras más sinceras condolencias a la familia del hincha de Tigre fallecido hoy, y, obviamente, expresar nuestro más absoluto repudio a tan lamentable hecho.
La justicia deportiva, esa que ha “fallado” (faltado) tantas veces, seguramente intentará de una buena vez establecer una sanción ejemplar, los hinchas de Chicago estamos dispuestos a recibirla.
Sin embargo debemos recordar que episodios similares ya han ocurrido reiteradas veces en los estadios de fútbol y sus adyacencias. Los miles de hinchas que pagan su entrada y pacíficamente alientan, no merecen recibir el mismo trato que un grupo de personas que con sus hechos dan cuenta del enorme grado de enfermedad social que padecemos hoy los Argentinos. La violencia está por todas partes: ¿por qué debería estar exento el fútbol de semejante estado social?
Lo que vimos fue violencia y robo, nada distinto de lo que se ve todos los días. Al dolor de la derrota, los hinchas de Chicago le debemos agregar la vergüenza. Estamos dispuestos a soportarlo, porque como seres humanos racionales que somos, sabemos que del descenso, se vuelve, pero de la muerte, no. Eso es lo único verdaderamente irreparable.
Esto fue lo que publiqué, en una página web de hinchas de Chicago, como reflexión por los hechos ocurridos el día lunes en Mataderos. La maquinaria periodístico-judicial se ha echado a andar y seguramente el club Nueva Chicago recibirá una durísima sanción que pretenderá tener un carácter ejemplarizador. ¿Cree alguien que la violencia en el fútbol terminará a partir de esta sanción ejemplificadora?
Está claro que no. Sin embargo se insiste con el potencial disuasivo que tiene el aumento de penas, es decir, la idea que la derecha política promociona para la justicia en general llevada adelante en el ámbito deportivo.
Esto puede significar una declaración de impotencia o una declaración de principios, sobre este punto es necesario intentar aclarar las posiciones. Puede considerarse una declaración de impotencia del progresismo, que sabe de las razones sociales del aumento inusitado de la violencia, pero cede en sus planteos frente al avance electoral derechista, en ese caso estaríamos entonces frente a una renuncia expresa a las convicciones igualitaristas y democráticas, o puede ser el comienzo de la aplicación del principio de resolución de los conflictos sociales que inspira a la derecha exitosa, reciclada hoy como neo republicana y gestionalista.
No se trata de un tema menor, del reclamo airado de justicia por parte de los vecinos, horrorizados y movilizados por los medios de comunicación, al linchamiento de una persona sólo hay un paso. Necesitamos pacificadores racionalistas que puedan reflexionar junto a los ciudadanos. Debemos explicar que la solución de la derecha es similar a intentar apagar un incendio con nafta, la violencia del estado para reprimir la violencia privada sólo traerá más violencia.
Cae de maduro que en lo referido a los hechos delictivos, al “auge” de una cultura de la delincuencia, ha desdibujado el concepto de responsabilidad social. Desde el autoproclamado progresismo y mucho más desde la derecha, parece imposible pensar y presentar el delito como producto de las crisis económicas recurrentes de la argentina y de la falta de una política de Estado clara y eficiente en lo referido a seguridad pública. Poco a poco se va imponiendo una visión que hace énfasis en la responsabilidad individual del delincuente (que obviamente existe) y deja de lado, por improbable (no se cree verdaderamente en ella) o por inoportuna (no es momento de dar tal explicación), cualquier explicación del aumento exponencial de los índices de victimización a partir del no menos exponencial aumento de la pobreza en los años del menemismo.
Si la convicción respecto de un valor se comprueba en tiempos en que el sostenimiento de tal valor es costoso, estamos asistiendo entonces a una demostración pública de la escasa convicción respecto de los valores igualitaristas, democráticos y de igualdad de oportunidades que decían sostener muchos argentinos. Cuando la taza delictiva se mantenía e índices tolerables la convicción sobre la posibilidad cierta de reinserción social del delincuente era general, ni hablar de la relación entre delito y pobreza (todos los delincuentes son pobres, y. no, todos los pobres son delincuentes, como parece decirnos la reinterpretación que realiza buena parte de la sociedad argentina) que se consideraba obvia. Si se termina de imponer un criterio como el que observamos que se encuentra estatuyéndose, la explicación de la delincuencia violenta se correrá naturalmente hacia la responsabilidad individual del autor y quedarán conformados dos claros bandos: la “gente bien” y los “peligrosos delincuentes”. Se dará una partición de amigo y enemigo que redundará, y ya está ocurriendo, en la negación de todo derecho a los que delinquen. Su deshumanización tendrá como efecto la legitimación de prácticas reñidas con los derechos humanos que pasarán a ser propiedad exclusiva de las personas “honradas” -por eso decíamos que estamos aun paso de los linchamientos-, ¿qué son sino los casos de “justicia por mano propia”?.
La derecha se encuentra plenamente satisfecha, sus propuestas sobre justicia, seguridad interna y delito, se han convertido en “sentido común”, es lícito preguntarnos qué pasa con el “campo popular”, con el “progresismo”.
Está claro que la distancia entre las ideas de los profesionales del derecho y del trabajo social y las del ciudadano común se han alejado tanto que pareciera que se encuentran en países distintos opinando sobre realidades distintas. Hemos llegado a un punto tal de separación entre sentido común y práctica profesional, que el abogado que defiende procesados acusados de crímenes de alto impacto público se convierte él mismo, a los ojos de la opinión pública, en sospechoso. ¿Por qué defiende a estos asesinos? Si todos sabemos que son culpables. La condena público-mediática tiene tanto peso como la judicial y expresiones como “estoy desilusionado, le dieron nada más que x años” tienen amplia repercusión mediática, la opinión pública se ha convencido de que la justicia o es blanda o, directamente, inexistente. Si sumamos el rechazo de la actividad constitucional de los abogados defensores más la insatisfacción del ciudadano frente a una justicia “injusta” , el linchamiento y la pueblada justiciera, son un horizonte real y posible, la “justicia por mano propia” ya es un hecho presente y legítimo.
Hoy se jugaba un partido clásico, con el agregado de que se trataba de una instancia final. La pasión del hincha se podía expresar de las formas más extremas, el llanto por la derrota o la alegría incontenible, que también puede ser llanto, por el triunfo. La pasión tiene esos claros límites, pasar de ahí es enfermedad, y si se trata de muchos, enfermedad social. Como hinchas de Chicago lo primero que tenemos que hacer es expresarle nuestras más sinceras condolencias a la familia del hincha de Tigre fallecido hoy, y, obviamente, expresar nuestro más absoluto repudio a tan lamentable hecho.
La justicia deportiva, esa que ha “fallado” (faltado) tantas veces, seguramente intentará de una buena vez establecer una sanción ejemplar, los hinchas de Chicago estamos dispuestos a recibirla.
Sin embargo debemos recordar que episodios similares ya han ocurrido reiteradas veces en los estadios de fútbol y sus adyacencias. Los miles de hinchas que pagan su entrada y pacíficamente alientan, no merecen recibir el mismo trato que un grupo de personas que con sus hechos dan cuenta del enorme grado de enfermedad social que padecemos hoy los Argentinos. La violencia está por todas partes: ¿por qué debería estar exento el fútbol de semejante estado social?
Lo que vimos fue violencia y robo, nada distinto de lo que se ve todos los días. Al dolor de la derrota, los hinchas de Chicago le debemos agregar la vergüenza. Estamos dispuestos a soportarlo, porque como seres humanos racionales que somos, sabemos que del descenso, se vuelve, pero de la muerte, no. Eso es lo único verdaderamente irreparable.
Esto fue lo que publiqué, en una página web de hinchas de Chicago, como reflexión por los hechos ocurridos el día lunes en Mataderos. La maquinaria periodístico-judicial se ha echado a andar y seguramente el club Nueva Chicago recibirá una durísima sanción que pretenderá tener un carácter ejemplarizador. ¿Cree alguien que la violencia en el fútbol terminará a partir de esta sanción ejemplificadora?
Está claro que no. Sin embargo se insiste con el potencial disuasivo que tiene el aumento de penas, es decir, la idea que la derecha política promociona para la justicia en general llevada adelante en el ámbito deportivo.
Esto puede significar una declaración de impotencia o una declaración de principios, sobre este punto es necesario intentar aclarar las posiciones. Puede considerarse una declaración de impotencia del progresismo, que sabe de las razones sociales del aumento inusitado de la violencia, pero cede en sus planteos frente al avance electoral derechista, en ese caso estaríamos entonces frente a una renuncia expresa a las convicciones igualitaristas y democráticas, o puede ser el comienzo de la aplicación del principio de resolución de los conflictos sociales que inspira a la derecha exitosa, reciclada hoy como neo republicana y gestionalista.
No se trata de un tema menor, del reclamo airado de justicia por parte de los vecinos, horrorizados y movilizados por los medios de comunicación, al linchamiento de una persona sólo hay un paso. Necesitamos pacificadores racionalistas que puedan reflexionar junto a los ciudadanos. Debemos explicar que la solución de la derecha es similar a intentar apagar un incendio con nafta, la violencia del estado para reprimir la violencia privada sólo traerá más violencia.
Cae de maduro que en lo referido a los hechos delictivos, al “auge” de una cultura de la delincuencia, ha desdibujado el concepto de responsabilidad social. Desde el autoproclamado progresismo y mucho más desde la derecha, parece imposible pensar y presentar el delito como producto de las crisis económicas recurrentes de la argentina y de la falta de una política de Estado clara y eficiente en lo referido a seguridad pública. Poco a poco se va imponiendo una visión que hace énfasis en la responsabilidad individual del delincuente (que obviamente existe) y deja de lado, por improbable (no se cree verdaderamente en ella) o por inoportuna (no es momento de dar tal explicación), cualquier explicación del aumento exponencial de los índices de victimización a partir del no menos exponencial aumento de la pobreza en los años del menemismo.
Si la convicción respecto de un valor se comprueba en tiempos en que el sostenimiento de tal valor es costoso, estamos asistiendo entonces a una demostración pública de la escasa convicción respecto de los valores igualitaristas, democráticos y de igualdad de oportunidades que decían sostener muchos argentinos. Cuando la taza delictiva se mantenía e índices tolerables la convicción sobre la posibilidad cierta de reinserción social del delincuente era general, ni hablar de la relación entre delito y pobreza (todos los delincuentes son pobres, y. no, todos los pobres son delincuentes, como parece decirnos la reinterpretación que realiza buena parte de la sociedad argentina) que se consideraba obvia. Si se termina de imponer un criterio como el que observamos que se encuentra estatuyéndose, la explicación de la delincuencia violenta se correrá naturalmente hacia la responsabilidad individual del autor y quedarán conformados dos claros bandos: la “gente bien” y los “peligrosos delincuentes”. Se dará una partición de amigo y enemigo que redundará, y ya está ocurriendo, en la negación de todo derecho a los que delinquen. Su deshumanización tendrá como efecto la legitimación de prácticas reñidas con los derechos humanos que pasarán a ser propiedad exclusiva de las personas “honradas” -por eso decíamos que estamos aun paso de los linchamientos-, ¿qué son sino los casos de “justicia por mano propia”?.
La derecha se encuentra plenamente satisfecha, sus propuestas sobre justicia, seguridad interna y delito, se han convertido en “sentido común”, es lícito preguntarnos qué pasa con el “campo popular”, con el “progresismo”.
Está claro que la distancia entre las ideas de los profesionales del derecho y del trabajo social y las del ciudadano común se han alejado tanto que pareciera que se encuentran en países distintos opinando sobre realidades distintas. Hemos llegado a un punto tal de separación entre sentido común y práctica profesional, que el abogado que defiende procesados acusados de crímenes de alto impacto público se convierte él mismo, a los ojos de la opinión pública, en sospechoso. ¿Por qué defiende a estos asesinos? Si todos sabemos que son culpables. La condena público-mediática tiene tanto peso como la judicial y expresiones como “estoy desilusionado, le dieron nada más que x años” tienen amplia repercusión mediática, la opinión pública se ha convencido de que la justicia o es blanda o, directamente, inexistente. Si sumamos el rechazo de la actividad constitucional de los abogados defensores más la insatisfacción del ciudadano frente a una justicia “injusta” , el linchamiento y la pueblada justiciera, son un horizonte real y posible, la “justicia por mano propia” ya es un hecho presente y legítimo.


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